Relato cornudo: Todo por ella.

La quiero más que a mi vida, me siento cada día más enamorado y estoy dispuesto a hacer lo que sea por ella.

Me llamo Eduardo, tengo 43 años, dos más que mi mujer, Silvia. Llevamos casados 20 años y tenemos dos hijos maravillosos, ya mayorcitos, que hacen bastante su propia vida. En general han sido años de felicidad. Una felicidad tranquila, sin altibajos ni grandes problemas.

Pero las cosas han cambiado últimamente. Desde que Silvia cumplió los 40 se siente triste, ha perdido la vitalidad que siempre la había caracterizado y no tiene ganas de nada. Un cuadro de depresión en toda regla. Así se lo ha diagnosticado un psiquiatra, que sitúa el origen de su problema precisamente en haber entrado en la cuarentena y el shock que en su autoestima ello ha representado.

 

Con Silvia hemos tenido largas charlas sobre su depresión. Me ha costado mucho que se sincere conmigo y que me cuente lo que le ocurre. Según me confesó, ya no se siente deseable, se ve transparente para los hombres y piensa que progresivamente ha dejado de ser mujer para convertirse simplemente en madre y esposa. Me insiste en que no es que no nos quiera, que nos ama a todos con locura, pero que de repente se ha dado cuenta de que no le es suficiente, que necesita volver a sentirse mujer.

 

En realidad no la entiendo. Quizá es porque yo no pasé la crisis de los 40, pero me cuesta mucho entender sus razones. Silvia se mantiene estupenda para su edad, tiene un tipo que envidiarían muchas jovencitas y una vida, hasta ahora, que podía considerarse plena. No nos falta el dinero, tenemos una vida social amplia y, como he dicho, dos hijos estupendos. En el plano sexual, hacemos el amor de manera habitual, si bien de forma poco atrevida, pero es que siempre ha sido así, no ha empeorado ni mejorado. Creo que por mi parte no puede tener queja en este sentido. Pero, como ha dicho el médico, lo que pensemos los demás está de sobra, cada uno tiene sus razones y contra eso no se puede luchar.

 

Volviendo al principio, la quiero más que a mi vida y estoy dispuesto a lo que sea por ella. Tenía que idear un plan para solucionarlo todo.

 

Contraté unas vacaciones de una semana para estar solos Silvia y yo. Sería en la playa y organicé hasta el último detalle. Cuando se lo comuniqué, anunciándole que le concedería todos sus deseos durante el viaje, su rostro se iluminó, le encantó la idea. Vi que no me equivocaba en mi decisión. Me abrazó con fuerza y en pocos minutos estábamos visitando tiendas de ropa donde se compró de todo, parecía rejuvenecer por momentos. El día antes de nuestra salida, y con un ímpetu que no le veía hacía tiempo, se puso a preparar las maletas cargando ropa como para un año. Volamos a Lanzarote y en el avión me abrazaba y se acurrucaba junto a mí llena de ilusión.

 

–                     ¿Y me dejarás hacer lo que quiera, me darás todos mis caprichos?- me preguntaba con un tono infantil-.

 

–                     Ya sabes que sí, este viaje es para ti y todos tus deseos serán órdenes –le respondí complaciente-.

 

Llegamos al hotel a las 12 del mediodía de un sábado. Era un cinco estrellas con todas las comodidades del mundo: varias piscinas, discoteca, gimnasio con spa, restaurantes, etc. Silvia enseguida quiso ir a la piscina. Nos cambiamos y se puso un bikini que enseñaba bastante más de lo que tapaba.

 

-¡Pero Silvia, de verdad vas a ir con esto! – le pregunté sorprendido-.

 

-¿No te gusta, cariño? –me respondió con una mirada pícara-. No me digas esto, que me pongo triste… -añadió simulando decepción-.

 

La verdad es que estaba impresionante, contrastando su blanca piel con el rojo chillón del bikini. Sus pechos, redondos y firmes, se salían por los lados del sujetador y daba ganas de tomarlos con la mano. El tanga, metido entre sus nalgas, las resaltaba imponentes.

 

-¡No, no, qué va, me encanta! Sólo me da miedo que te tenga que defender de todos los jovencitos que te acosen en cuanto te vean.

 

-¡Qué tontito eres, cariño! Sabes que todo esto es sólo para ti. Venga, bajemos a la piscina que me muero de ganas de tomar el sol.

 

Fuimos hasta la piscina principal. Era enorme, con un bar en un lado al que se podía acceder desde el agua. Nos estiramos en unas tumbonas y yo me quedé dormido enseguida. No habría pasado una hora cuando desperté. Vi que Silvia no estaba a mi lado. La busqué con la mirada y la vi sentada en el bar de la piscina, charlando alegremente con dos jóvenes de no más de treinta años. Estuve unos instantes observándola. Reía con ellos y se la veía feliz. Al poco tiempo me vio y me saludó con la mano. Se despidió de los muchachos con sendos besos y vino en mi búsqueda.

 

-Hola cariño, ¿ya te has despertado? Mira que eres aburrido –me dijo cariñosamente-. ¿Me has traído a este paraíso para dedicarte a dormir o para atenderme a mí?

 

-Perdona cielo, estaba agotado. Pero veo que has tardado poco en hacer amigos, ¿no? –le respondí sonriendo-. Ya sabía yo que este bikini me iba a traer problemas. Anda, vámonos a comer que ya es hora.

 

Silvia y yo pasamos el resto del día paseando por la isla. Realmente se le notaba mejor. Al atardecer nos sentamos sobre unas rocas a contemplar el mar en silencio. Me pareció que se ponía melancólica, así que decidí que sería mejor volvernos al hotel. Al llegar nos cruzamos por el jardín con los dos jóvenes que Silvia conoció por la mañana. Iban todavía en bañador y haría poco que salían de la piscina, pues se les veía mojados. Al verla, se dirigieron hacia nosotros para saludarla. Como en un acto reflejo, Silvia se distanció de mí.

 

-¡Hola guapos, ¿todavía andáis así? –les preguntó con tono alegre-.

 

Uno de los dos, el moreno, la abrazó para darle dos besos como si se conocieran de toda la vida. La presionó contra su pecho, traspasando parte de su humedad al vestido de Silvia. La verdad, me pareció exagerado el gesto, pero no dije nada.

 

-Pues sí, Silvia. Hemos estado hasta ahora en la piscina y te hemos echado de menos. ¿No nos dijiste que volverías por la tarde? –le preguntó el joven a mi esposa con cara de reprenderle amistosamente-.

 

-¡Oye, cuidado, mira cómo me has puesto, me has empapado, ja,ja! –rio Silvia-. Y no te creo, ahora resultará que dos chicos como vosotros no saben qué hacer si yo no estoy, ¿no? –respondió Silvia sin poder disimular su satisfacción por las palabras del muchacho-. Lo que ha pasado es que mi marido y yo nos hemos ido a conocer un poco la isla –se disculpó Silvia-. Venid que os lo presentaré.

 

Silvia se acercó a mí y con ella los muchachos. Vi cómo sus pezones se marcaban en su ahora húmedo vestido y no yo era el único de los presentes que los miraba. Luego me fijé en los dos chavales. Viéndoles de cerca me dieron un poco de envidia. Eran dos jóvenes guapos, muy cuidados físicamente. Uno de pelo negro, el que había hablado con ella, tenía una cara muy varonil, con una cuidada barba de dos días y un gesto algo perdonavidas. El otro, rubio, parecía algo más tímido. Tenía una mirada especial con unos ojos azules muy profundos. Sergio el moreno y Juan el rubio.

 

-Sergio, Juan, éste es mi marido, Eduardo.

 

Ambos me dieron la mano, pero no me dedicaron mucha atención. Estuvimos algunos minutos charlando en la puerta del hotel. O mejor dicho, mi mujer estuvo charlando con ellos, casi sin atender a mi presencia. Al despedirse, y aprovechando el momento en que le daba de nuevo dos besos, Sergio le dijo algo al oído que no pude entender. Silvia se rio ruborizada.

 

-¿Verdad que son simpáticos, cariño? –me preguntó Silvia al dirigirnos hacia nuestra habitación; su rostro no podía disimular la ilusión que le provocaba la atención recibida de los dos muchachos-.

 

-Mucho –le respondí con un tono neutro-. Venga, ponte guapa que nos vamos tú y yo a cenar.

 

Con una coquetería que ya no recordaba, Silvia sacó del armario dos vestidos y su respectiva ropa interior. Me los enseñó y llena de picardía me dijo:

 

-Cariño, te dejo elegir mi conjunto. Éste –me dijo señalándome un precioso vestido azul, muy elegante y sobrio- me lo pondré si sólo vamos a cenar. Y éste otro –me lo enseñaba mientras me guiñaba un ojo con intención- me lo pondré si después de cenar nos vamos a bailar y después a lo que tú sabes.

 

El segundo vestido, comprado justo antes del viaje, era un trueno. Blanco, de algodón, muy ligero, tenía un escote enorme y se ataba por detrás del cuello con un pequeño lazo. Por la parte de la falda, intuí que le quedaría muy corto y muy ceñido a su cuerpo. Para acabar el conjunto, me di cuenta de que como ropa interior tan sólo llevaría tanga. Viendo su cara, no puede elegir otro: sería éste el que luciría esta noche.

 

Durante la cena estuvo exultante. Sonreía al notar que los camareros se fijaban en su escote. Gesticulaba y sonreía a todo el mundo. Estuve rellenando su copa con asiduidad, pues bebió más de lo que era normal en Silvia.

 

-Lo estoy pasando muy bien, cielo. Te agradezco de verdad este viaje, creo que me encuentro mejor –me dijo con una mirada alegre-.

 

Acabada la cena, fue ella la que sin falta me recordó la promesa de aquella noche.

 

-Y ahora a bailar, ¿vale cariño? –me ordenó mientras me cogía de la mano y me arrastraba a la discoteca del hotel-.

 

Cuando llegamos, el local no estaba muy lleno y pudimos escoger una mesa cerca de la pista de baile. Al sentarse y cruzar las piernas, a Silvia se le subió la falda de tal manera que no enseñó su tanga de milagro.

 

-¡Uy, que se me ve todo! –dijo con una risita-.

 

Pedimos unas copas y empezamos a charlar. A Silvia se le veía inquieta, hasta el punto de que yo notaba que no me prestaba mucha atención. Así pasaba el rato, llenándose poco a poco la discoteca y ella mirando para todos lados, cuando de repente se levantó como si tuviese un resorte y gritó:

 

-¡Mira, han venido Sergio y Juan!

 

Se fue hacia ellos, se abrazaron de nuevo y empezaron las risitas. Los muchachos la cogieron por la cintura y se fueron los tres a la barra. Silvia se giró un instante hacia mí y con cara de circunstancias me sonrió. Estuvieron un buen rato solos, pero yo no me moví de la mesa con la intención de conservarla. Me limité a observarles, viendo como Silvia disfrutaba de su compañía. Situada entre ambos, recibió los primeros sobes de la noche sin que aparentemente le molestase. Finalmente miraron hacia donde yo estaba y cogiendo sus copas se acercaron.

 

-Perdona cariño, pero no sabes cómo son estos dos –se disculpó Silvia al llegar, mirándome con una mezcla de pena y excitación-. No me dejaban salir de la barra. Y tú, pobrecito, aquí solo sin nadie que se ocupe de ti.

 

-Hola Eduardo –me saludó Sergio dándome la mano-. No le hagas caso a tu mujercita, simplemente somos educados y nos ocupábamos de ella pensando que estaba sola –dijo con ironía y guiñándole con descaro el ojo a mi mujer-.

 

-Tienes una mujer estupenda, Eduardo –me dijo Juan- te felicito. Además, hoy me parece que va a ser la reina de la discoteca con lo guapa que va. Hay que ver cómo le queda el vestido, ¿no te parece?

 

Aunque me costó, me mantuve callado. No soporto que me tomen por tonto y menos dos niñatos en mi propia cara.

 

-Venga, aduladores, sentaos con nosotros que ya no quedan mesas libres –ofreció rápidamente Silvia, cortando una situación que empezaba a serle incómoda delante mío-. ¿No te importa, verdad Eduardo? –me preguntó con la mejor de sus sonrisas-.

 

Silvia fue la primera en sentarse, pero no lo hizo conmigo, sino en un sofá de dos plazas que había al otro lado de la mesa. Inmediatamente Sergio se sentó a su lado, ocupando la plaza restante. Juan se sentó a mi lado.

 

Iniciamos una charla amigable mientras las copas iban y venían. Silvia no paraba de reír ante las ocurrencias de Sergio, al cual se le notaba que dominaba las distancias cortas. Poco a poco estaba cada vez más cerca de mi mujer, hasta el punto de que los poco casuales roces entre ambos eran evidentes y continuos. Noté cómo Silvia me miraba de reojo de vez en cuando, imagino que intentando averiguar mi reacción a aquella situación, pues seguro que era consciente de que lo que estaba pasando se salía totalmente de su comportamiento habitual, tan conservador y modoso. Viendo que yo no reaccionaba mal, continuó con sus evidentes coqueteos con Sergio. Pero vuelvo a decirlo, estoy enamorado de ella y haré lo que sea por nuestra felicidad.

 

En un momento dado, Juan se levantó y se despidió de nosotros para saludar a unos amigos, afirmando que luego volvería. Me levanté para despedirme, momento que aprovechó Silvia para pedirme con su mayor dulzura que trajera otra ronda de copas para los tres. Ya iban no sé cuantas.

 

Fui a por ellas y al volver vi como Silvia estaba con el semblante serio, un aspecto preocupado que disimuló rápidamente en cuanto me vio.

 

-Cariño, vamos a bailar un ratito que no me has sacado en toda la noche –me pidió cogiéndome de la mano y llevándome a la pista-.

 

Al abrazarla para bailar noté cómo rehuía mi mirada. Estaba rara, inquieta.

 

-¿Qué te pasa Silvia, no te lo estás pasando bien? –le pregunté con toda la intención-.

 

Tardó en responderme.

 

-No es eso, cariño, estoy disfrutando mucho, pero no puedo evitar sentirme confundida –me respondió compungida-.

 

-¿Confundida?-me limité a preguntarle-.

 

-Sí, Eduardo. Sé que no me estoy portando bien contigo, pero es que no lo puedo evitar, no sé qué me está pasando… Además, tu actitud me tiene muy despistada. Ves lo que ocurre con Sergio, pero no dices nada.

 

-¿Y qué quieres que diga? Este es tu viaje, tú decides lo quieres y lo que no, así lo acordamos, ¿no?

 

Silvia ya no me respondió. Seguimos bailando en silencio durante unos minutos hasta que noté que alguien me tocaba la espalda.

 

-Eduardo, ¿me la dejas un ratito? Venga, no seas egoísta, que tú la tienes siempre.

 

Era Sergio. Me separé un poco de mi mujer y la miré como preguntándole si lo deseaba. Una tímida sonrisa fue su manera de decirme que sí y de agradecérmelo.

 

Los dejé solos y me retiré a la mesa, dedicándome a observarlos. Desde el primer momento Sergio la atrajo con fuerza hacia él, mientras ella le abrazaba. Bailaban muy lentamente, con sus cuerpos totalmente pegados. Vi cómo Silvia, poco a poco, cerraba sus ojos dejándose llevar. Sergio le acariciaba la espalda desnuda mientras Silvia reposaba su cabeza en el hombro del joven. De vez en cuando, Sergio le decía cosas al oído. En ocasiones Silvia sonreía y en otras negaba con la cabeza. Así fueron pasando las canciones, sin que la actitud de ambos variase. Parecían dos enamorados en su luna de miel.

 

Yo seguía con mi actitud contemplativa hasta que noté que Silvia buscaba ansiosa mi mirada. Estuvimos un minuto hablándonos en silencio. Comprendí que era el momento y asentí con la cabeza. Estoy seguro de que entonces vi una lágrima caer por su mejilla. Nunca supe si fue de felicidad o tristeza.

 

Silvia y Sergio se cogieron de la mano y abandonaron la discoteca, sin despedirse ni mirar atrás. En ese momento volvió Juan a nuestra mesa.

 

-Eduardo, vámonos con ellos, que empieza la fiesta –me dijo casi ordenándomelo-.

 

Les seguimos a cierta distancia. Siempre abrazados, de vez en cuando se detenían y se besaban con pasión. Continuaron caminando hasta llegar a una pequeña piscina, algo alejada del edificio del hotel y en la que no se veía un alma. Junto al borde, Sergio la volvió a besar, acariciando su espalda hasta llegar a las nalgas, sobándolas a placer. Sin duda, mi mujer estaba totalmente entregada, comiéndole la boca con pasión. Sergio, con un rápido movimiento, deshizo el nudo del vestido, que cayó a los pies de mi mujer. El joven se quedó observándola unos instantes.

 

-Eres preciosa, Silvia. Y te voy a hacer muy feliz esta noche.

 

Sergio se desnudó y le quitó el tanga a Silvia, la cogió de la mano y se metieron ambos en la piscina. Ya en el agua, continuaron abrazados, sintiendo cada uno el cuerpo del otro de forma plena. Caricias, besos y roces. Y la excitación de ambos creciendo por segundos. Con cierta brusquedad, Sergio dio la vuelta a mi mujer, le hizo apoyar las manos en el borde de la piscina y se acercó a su cuerpo por detrás hasta quedar pegados. Acarició sus pechos amasándolos, disfrutando de la caliente reacción de Silvia, que ya había empezado a gemir. De repente, se vio cómo Sergio daba un fuerte golpe de cadera. Mi mujer, que no se los esperaba, no puedo evitar contraer su espalda mientras un grito desgarrador salió de su garganta. Estuve a punto de intervenir, pero Juan me lo impidió.

 

-Espera, se la está empezando a follar y seguro que se la ha metido toda de golpe sin avisar, el muy animal. Sergio es un poco brusco, pero seguro que a Silvia le gustará.

 

Ambos se mantuvieron inmóviles durante unos instantes. Silvia respiraba con dificultad, agarrada con fuerza al borde de la piscina, pero sin rechazar al invasor que había ocupado su vagina sin pedir permiso. Por su cara, era evidente que estaba gozando como nunca le había visto en la vida. Sergio la agarró del pelo, buscó su boca y se besaron con mucha intensidad. El empezó a follársela con fuerza. Tal sería la excitación de Silvia que en apenas un par de minutos se corrió enloquecida, quedando sin fuerzas mientras Sergio la sujetaba. Ya más relajados, de nuevo la colocó frente a él, la abrazó y empezó a acariciar su cara con delicadeza, dándole suaves besos en los labios y en el cuello.

 

-Eres una mujer maravillosa, Silvia. Vamos a continuar esto en tu habitación –le susurró Sergio-.

 

-Sergio, por favor, mi marido…

 

-Esta noche eres mía –le interrumpió-, si él quiere, que venga.

 

Se dispusieron a salir de la piscina. Fui a buscar una toalla de encima de una tumbona y me acerqué a Silvia para taparla.

 

-Cariño, lo siento, no lo he podido evitar, ¿me podrás perdonar? –me dijo llorosa al verme-.

 

-Silvia, no te reprocho nada. Sólo quiero saber si esto lo que quieres.

 

Con la mirada gacha me respondió un seco “sí”.

 

Nos dirigimos los cuatro a la habitación. Por el camino Silvia seguía abrazada a Sergio, sin mirarme, como si yo no estuviese allí. Besos y atrevidas caricias les acompañaron dentro del ascensor. Al llegar a la habitación, de nuevo Sergio tomó la iniciativa y le quitó la toalla a Silvia dejándola desnuda delante de los tres. Silvia, sintiendo vergüenza por la situación, intentó taparse con las manos, pero Sergio se lo impidió.

 

-Sabes a lo que hemos venido, ¿verdad? –le inquirió con una voz firme-.

 

Silvia no contestó. Se limitó a deleitarse con la visión de aquel cuerpo desnudo que en la oscuridad de la piscina sintió pero no pudo ver. Era joven, fuerte y bien armado. Y era evidente que lo deseaba de una manera tan irracional que le llevó a un estado de sumisión que nunca vi en Silvia.

 

Sergio rompió el silencio.

 

-Me voy a duchar, pero mientras tanto no perderemos el tiempo. Estoy seguro de que Juan se muere de ganas por probarte –soltó a bocajarro- ¿no, Juan?

 

Sin demorarse, Juan se desnudó y se acercó a Silvia. Por primera vez en mucho tiempo mi mujer volvió a dirigirse a mí.

 

-Eduardo…

 

-Sólo te lo pregunto una vez más: ¿es lo que quieres?

 

De nuevo Silvia se ahorró la respuesta. Dejó que Juan se acercara por detrás y la abrazara acariciando sus pechos. El primer suspiro salió al primer contacto con su piel. Juan era más delicado que Sergio, sus movimientos eran más suaves, lo que no disminuyó la excitación de mi mujer. Juan recorría el cuerpo de Silvia con sus manos, mientras besaba su cuello y presionaba su ya endurecido miembro entre sus nalgas. A diferencia de su amigo, parecía que quería dejarle la iniciativa a Silvia. Ésta lo cogió de la mano y lo llevó a la cama, tumbándolo bocarriba. Silvia se situó de rodillas junto a él e inició todo un ritual de caricias y besos por el cuerpo de Juan. Lo besaba por el cuello, descendiendo hasta su pecho donde lamió y mordió los pezones del joven hasta hacerle gemir. Sus manos acariciaban los musculados muslos de Juan y lentamente llegaron hasta su miembro. Con una mano empezó a pajearlo mientras con la otra acariciaba sus huevos. La cara de Silvia era de puro vicio al ver cómo aquel miembro iba endureciéndose y aumentando de tamaño gracias a sus atenciones.

 

-¡Tienes una polla preciosa Juan! –exclamó desatada mi mujer-. Me parece que me la voy a comer toda enterita…

 

No me podía creer lo que estaba viendo aquella noche. Jamás pensé que Silvia pudiese actuar así, haciendo cosas con unos desconocidos que jamás me hizo a mí en veinte años de matrimonio. Mi amor propio y mi orgullo masculino estaban realmente afectados en aquellos momentos. Me sentía un poco mareado y me senté en un pequeño sillón junto a la cama. Por un momento llegué a tener la sensación de que era un mero espectador de un show porno, en el que no conocía a los actores. Pero no era así, la mujer que estaba empezando a mamar con deleite aquella verga era la mía, por increíble que me pareciese.

 

Silvia le estaba pegando una señora mamada a Juan, hasta el punto de meterse todo su miembro en la boca. Imaginé que debió llegarle al esófago, pues la tranca del chaval era más que considerable. Las babas de mi mujer eran incontenibles pero ni una arcada salió de su boca. Parecía que la corrida de Juan era inminente, pero Silvia la detuvo sacando el miembro de su boca y pegándole una apretada en los huevos a Juan que debió hacerle ver las estrellas.

 

-Todavía no, cielo, ahora te toca trabajar a ti y te quiero bien calentito –le ordenó Silvia-.

 

Yo iba de sorpresa en sorpresa. Hacía tan sólo unos minutos Silvia se portaba como una auténtica sumisa frente a Sergio y ahora dominaba a Juan como quería. Me preguntaba cuántos papeles distintos era capaz de asumir mi mujer.

 

Silvia se tumbó en la cama e hizo a Juan colocar su cara en su sexo.

 

-¡Cómemelo!

 

Juan agarró las nalgas de mi mujer, la miró fijamente durante un instante y lanzó su primera lamida sobre sus labios. El suspiro de Silvia no se hizo esperar.

 

-¡Aggg, por favor, qué gusssto!

 

Juan se empleaba a fondo lamiendo y mordisqueando todo lo que tenía al alcance de su boca. De repente, Silvia se acordó de mí.

 

-¡Eduardo, aprende de este macho, me vuelve loca de placer!

 

Sus ojos estaban idos, su rostro congestionado. Con sus manos apretaba la cabeza de Juan contra su sexo.

 

Vi cómo sin duda Juan dirigía su boca hacia el clítoris de Silvia y lo mordía. El espasmo de mi mujer fue bestial. Arqueó la espalda como un gato enfurecido y empezó a restregarse contra la cara de Juan. Se estaba corriendo como una posesa. De nuevo le dio la vuelta, colocó a Juan de espaldas en la cama y se dispuso a montarlo. Agarró su miembro con una mano y se lo clavó entero de una sola estocada. Los gritos y exclamaciones de mi mujer no me atrevo ni a escribirlos, pero a su lado un descargador del muelle parecería un lord inglés.

 

En ese momento salió Sergio del baño.

 

-¡Pero bueno, veo que no me habéis esperado para continuar la juerga! –exclamó irónico-.

 

Silvia ni se percató de la presencia de Sergio. Dando botes sobre el cuerpo de Juan se clavaba su gorda y caliente barra hasta el alma. Sergio se quitó la toalla que llevaba enrollada y desnudo se acercó a la cara de Silvia.

 

-Venga, guapa, caliéntamela un poquito que yo también quiero jugar –le dijo acercándole su dormida verga-.

 

Sin tocarla con las manos, Silvia se la introdujo como pudo en la boca y empezó la mamada solicitada. Sergio no necesitó mucho tiempo para tenerla de nuevo como un mástil. Se subió a la cama situándose detrás de Silvia, la cogió por los hombros inclinándola hacia el cuerpo de Juan y preparó su ataque por la retaguardia.

 

-¡Preparada, lista y ya! –avisó-.

 

Hasta el fondo, se la metió por el culo hasta el fondo. El berrido de mi mujer fue el propio de alguien que sabe que va a morir de dolor y no quiere aceptarlo. Pero en pocos minutos de bombeo por parte de los dos hombres, su cara de placer ya era suprema. Las arremetidas de los dos eran descomunales y mi mujer iba encadenando orgasmos sin parar.

 

Yo era consciente de que le había prometido en este viaje todo aquello que quisiese, pero lo que estaba teniendo que soportar empezaba a ser demasiado. Tuve que concentrarme en cómo la amaba, en que estaba dispuesto a todo por ella, para seguir presenciando aquella orgía. ¡Coño, que era mi mujer! Como si hubiese oído mis pensamientos, en un ataque de lucidez aunque casi sin poder hablar, Silvia se dirigió a mí:

 

-Cariño, por favor, dame la mano, quiero compartir este momento contigo… -me dijo suplicante-. Esto es el éxtasis y debemos estar juntos disfrutándolo…

 

¿Era una cínica o simplemente desvariaba? ¡Cómo podía pensar siquiera un momento que yo podía disfrutar de aquello! Pero bobo de mí, con una cara de cornudo impagable, me acerqué a ella y la cogí de la mano. De esta forma pude sentir el último y definitivo orgasmo de mi mujer, el que le dejó desmadejada justo después de clavarme las uñas hasta hacerme sangrar. Después, sólo quedaron temblores y una mano inerte.

 

Todos se habían corrido. Los hombres se desengancharon de Silvia, que quedó estirada en la cama casi sin sentido. De su sexo y su ano resbalaba abundante semen hasta empaparle los muslos. Su aspecto, boca arriba y obscenamente abierta de piernas sobre la cama, era la viva imagen del triunfo del deseo sobre la razón. Sergio se acercó a mí e hizo que le acompañase hasta la puerta de la habitación.

 

-Anda, Eduardo, es mejor que te vayas. Ya has visto demasiado y seguir aquí no te hará bien –me dijo con una mirada comprensiva-. Son las 4 de la mañana y todavía le vamos a dar duro un par de horas más. Hazme caso y retírate. Mañana te la devolvemos.

 

Fue hacia su ropa y me dio una tarjeta de habitación.

 

-Ten, quédate en mi habitación, está en este mismo pasillo. Duerme lo que puedas y mañana hablamos.

 

No dormí mucho. Los gritos de placer de mi mujer retumbaban en mi cabeza sin cesar.

 

Cuando desperté conecté el móvil y vi un mensaje de Silvia de hacía aproximadamente una hora: “Hola cariñito, buenos días. Hemos bajado a desayunar, ¿te vienes? Muchas gracias por lo de ayer. TQ.” Fui a mi habitación, aquello parecía un campo después de la batalla. Me duché y me puse el bañador y una camiseta. Bajé al restaurante pero vi que ya no estaban allí. Desayuné sin mucha ganas y me dirigí a la piscina, donde imaginaba que la encontraría. Y así fue. Estaban los tres en la piscina, riendo y jugando a disputarse una pelota. Me quedé un rato observándolos, entendiendo que la regla principal del juego era sobar a mi mujer por todos lados para regocijo de Silvia. Finalmente me acerqué a ellos. Al verme, rebajaron el tono del juego y mi mujer me saludó enviándome un beso.

 

-¡Hola cariño, sí que has tardado, dormilón! –me dijo llena de simpatía-.

 

Yo me quedé helado con su saludo. ¿De verdad era el saludo lógico después de lo ocurrido la noche anterior? Empezaba a pensar que mi mujer no tenía conciencia.

 

-Anda, ven a bañarte que el agua está buenísima.

 

-No, gracias, no me apetece. ¿Silvia, podríamos hablar un momento a solas? –le pedí con tono serio-.

 

-Ay, Eduardo, dejemos las charlas para la vuelta, ¿vale? Ya sabes que si no me pongo triste –me respondió de manera mimosa-. Venga, báñate con nosotros y disfruta de estas estupendas vacaciones.

 

Sin decir nada me di la vuelta y me alejé de la piscina.

 

-Cielo, ¿a dónde vas? –me preguntó al ver que marchaba-.

 

-Déjale ir si no le apetece bañarse, ¿no tienes suficiente compañía con nosotros? –le dijo Sergio cogiéndola por la cintura-

 

-Está bien, luego no vemos, ¿vale cari? –se despidió Silvia finalmente-.

 

Estuve vagando por los alrededores del hotel sin saber muy bien qué hacer. Acabé comiendo solo en un restaurante de marisco. Por lo menos una buena comilona no me la quitaba nadie. Miraba mi móvil de tanto en tanto, pues le había enviado un par de mensajes a Silvia y esperaba su respuesta. Le pedía que por favor me hiciese caso y hablásemos los dos, pero no recibí respuesta alguna. Era obvio que no me necesitaba para nada. ¿Tan segura estaba de mi amor como para pensar que yo podía soportar todo aquello, por muy deprimida que estuviese?

 

Me dirigí al hotel con intención de hacer la maleta y volverme solo a casa. Cuando estaba a punto de entrar en mi habitación oí unos ruidos que ya me eran familiares. Pude identificar los gritos y gemidos de mi mujer y de sus nuevos amigos, que sin duda estaban retomando la orgía de la noche anterior. Intenté entrar, pero estaba puesto el pestillo. Me quedé sentado en el pasillo, junto a la puerta, esperando que acabasen. No sé cuánto rato fue, pero tuve tiempo de repasar mentalmente toda mi vida con Silvia, es especial los últimos tiempos. Recordar todo aquello me puso nostálgico, pero me reafirmó en mi decisión inicial: haría y soportaría todo lo que fuese necesario por ella, por nuestra felicidad. Pero ya no lo haría en el hotel, yo estaba de sobras hacía tiempo.

 

El primero en salir de la habitación fue Sergio. Se sorprendió al verme, pero reaccionó enseguida.

 

-Bueno jefe, no te quejarás, ¿eh? –me dijo dándome una palmada en el hombro-. Esto ha salido mejor de lo que te esperabas, ¿no?

 

-Ven conmigo –le ordené-.

 

Fuimos hasta un bar del hotel y esta vez fui yo quien inició la conversación.

 

-Sergio, en cuanto mi mujer salga de la habitación cojo mi maleta y me largo. Aquí ya no pinto nada.

 

-No me extraña, no sé cómo has aguantado todo esto -me respondió con sinceridad-.

 

-Pues ya te lo dije cuando te contraté, porque la amo con locura y estoy dispuesto a hacer lo que sea por ella. Por cierto, ¿lo de Juan a qué ha venido?

 

-Por si las moscas, pensé que si no le gustaba yo lo mejor era tener un recambio preparado. ¿Te ha parecido mal? Tú me dijiste que todo tenía que salir perfecto.

 

-No, no, me ha parecido muy bien. Lo que pasa es que esto me va a costar más de lo que pensaba, ¿no?

 

-Pues sí, Eduardo. De eso quería hablarte. No sólo está la contratación de Juan, sino que además me pediste un polvete y listos. Pero habrás visto que Silvia es una auténtica leona y no nos ha dejado respirar ni un minuto. No sé de dónde saca a su edad las fuerzas para follar tanto y con tanta intensidad.

 

-Bueno, bueno, dejemos eso ahora. Ya te di 3.000 euros por tus servicios y los gastos del hotel. ¿Cuánto me vas a pedir por lo que falta?

 

-Por ser tú y por lo bien que nos lo estamos pasando, dame 1.500 euros diarios y con ello lo saldamos, ¿te parece?

 

-¡Qué caro me está saliendo esto, coño! Pero reconozco que os lo estáis ganando. Te daré 5.000 euros y os quedáis con ella tres días más, ¿de acuerdo?

 

-De acuerdo, jefe, lo que tú mandes.

 

Extendí un cheque por el importe acordado y se lo di, junto con un sobre dirigido a Silvia.

 

-Gracias por todo, Sergio, sois unos verdaderos profesionales. Y quedamos así, tres días más y desaparecéis repentinamente del mapa sin que ella se entere y sin darle vuestros datos, ¿ok? Y sobre todo, dejadle en recepción y a su atención la carta que te acabo de dar.

 

-Entendido. Pero permíteme que te pregunte una cosa, ¿qué te ha hecho Silvia para que le montes este tinglado? Habrá sido muy gorda, porque desde luego te has tomado muchas molestias para joderla.

 

-No debería contártelo, pero ya me da igual. Me estuvo poniendo los cuernos con mi mejor amigo durante dos años. Y cuando él la dejó le cogió una depresión de caballo. Me enteré hace poco, pero hasta entonces estuve bien jodido pensando que realmente estaba enferma por mi culpa. Es lo mínimo que se merece. Por cierto, recuerda enviarme los vídeos que me faltan, que al juez le van a encantar.

 

-No me olvidaré, tranquilo.

 

Me levanté, le di la mano con la idea de despedirme para siempre jamás de aquel infierno.

 

-Perdona, sólo una pregunta más, ¿quién es ella?

 

-Se llama Ana. Estamos enamorados desde hace tiempo, pero nunca le fui infiel a Silvia. Ésta es la gran diferencia entre los dos.

 

-Bueno, que os vaya muy bien. Y si algún día vuelves a necesitar de mis servicios ya sabes dónde encontrarme.

 

-Si tocaseis un solo pelo de Ana os mataría con mis propias manos. Recuerda, la quiero más que a mi vida y haría lo que fuese por ella.

 

Morgatius

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