Relato cornudo: Seducida.

Julio aparcó el coche en el parking de la estación de tren de Chamartín y abrió desde dentro el portamaletas del vehículo. Miró a su derecha, donde Chus, su esposa, recogía su bolso y su neceser. Ambos salieron del vehículo y Julio acudió al portaequipajes para coger la pequeña maleta verde.

– ¿No quieres que te acompañe hasta el tren? – preguntó Julio, esperando que su esposa no le obligara a hacerlo.

– No, gracias, la maleta pesa poco y yo puedo con todo – le contestó ella con una sonrisa.

Julio le devolvió la sonrisa y se dispuso a despedirse.

– Bueno cariño, que te lo pases muy bien, aprovecha y diviértete.

 

– Muchas gracias tesoro, la verdad es que lo necesito. Te voy a echar mucho de menos, y también a los niños. – y Chus lanzó un sincero mohín de medio arrepentimiento por dejar a su familia sola.

 

– Ciao, pórtate bien ¿eh? – le dijo Julio, despidiéndose, y recibiendo, una vez más, otra sonrisa de su mujer con la que le trasmitía que no se inquietara.

 

Julio la vio adentrarse en la estación de tren y él entró de nuevo en su vehículo, convencido de que sin duda ella se portaría bien.

 

Chus se encontró en la estación a sus dos amigas, Eva y Loli, con las que iba a pasar unos días de vacaciones en la costa levantina. Tras los saludos de rigor se adentraron en el tren, rumbo a su destino.

 

Durante buena parte del trayecto ella no hizo más que pensar en la conveniencia o no del viaje que estaba emprendiendo. La idea había sido de Eva, una mujer de casi 55 años, a la que había conocido hacía poco tiempo, en el campo de golf. Habían hecho buenas migas y Eva la invitó a pasar unos días, junto a otra compañera, Loli, en su apartamento de la costa. Chus rehusó inicialmente el ofrecimiento, alegando su obligación de cuidar de sus dos hijos, pero al comentarle a su esposo la invitación recibida, a éste le pareció muy beneficioso para ella que se marchara, y le empujó a hacerlo, con insistencia, esperando que ella pudiera relajarse, después de un duro año de problemas familiares y del stress que le producía la lucha diaria con sus dos niños pequeños y con el trabajo.

 

A Chus le costó mucho convencerse, pero al final aceptó, consiguiendo que su padre se encargara de los peques durante el día, hasta que Julio regresara del trabajo. En el fondo ella era consciente de que, en efecto, necesitaba tranquilizarse y desconectar, intentando ponerse a punto para afrontar, a su regreso, la rutina diaria. Esperaba tener mas ganas y fuerzas para atender también a su esposo, con el que llevaba más de medio año sin hacer el amor por su propia desgana. Su esposo era un cielo, la trataba como a una reina, y se había mostrado mucho más comprensivo y partidario que ella misma a que realizara el viaje, de modo que se propuso ponerse las pilas y recompensarle a la vuelta de su viaje.

 

Llegaron a su destino un martes por la noche, bastante cansadas, y planificaron las jornadas siguientes hasta el domingo, día en el que regresarían a Madrid. El plan era simple, playa por la mañana, aperitivo y comida en algún chiringuito, siesta y partido de golf. Para las noches no pensaron en ninguna actividad, pues salir de copas no era lo que andaban buscando en esas minivacaciones.

 

Siguiendo el plan previsto el miércoles por la mañana fueron a la playa. Tomaron el sol y se bañaron en mutua compañía, hasta que Chus propuso dar un paseo por la playa. Ni Eva ni Loli estaban por la labor, y Chus se alejó de ellas, paseando hacia un extremo de la orilla, hasta alcanzar una pequeña cala que compartía arena y unas grandes rocas. Se sentó sobre una de las rocas, mirando al mar, pensando en su esposo, en sus hijos, en su casa, en su aburrido trabajo, en lo que era su vida.

 

Eric vio cómo la mujer morena se separaba de las amigas y la siguió a distancia, sentándose en otra de las piedras de la calita. Observaba a la mujer que se encontraba a escasos metros de él. La pequeña distancia le permitía apreciar, mejor que en la playa, la belleza de su rostro, pero sobretodo pudo deleitarse observando su cuerpo embutido en un bikini de color amarillo fosforescente, aunque sus piernas se ocultaban parcialmente bajo el pareo negro anudado en su cintura. Dentro de una moderada esbeltez general percibió la apetitosa redondez de sus carnes, unas piernas firmes y un pecho de buenas dimensiones, sin exagerar. Deseaba acercarse a ella para verla más de cerca, pero era consciente de que no había llegado aún el momento de hacerlo.

 

Chus tardó un buen rato en percatarse de la mirada penetrante y continuada del hombre sobre ella y cuando lo descubrió ella hizo lo mismo, intentando aguantársela. Al final cedió por unos instantes, pero al alzar de nuevo la vista, se encontró con que él no apartaba sus ojos de ella, y eso la molestó, convencida de que el individuo era uno de los muchos mirones que había en la playa. La escena se repitió unas cuentas veces más, engordando el cabreo de Chus. Pensó en marcharse, pero tampoco encontraba una razón suficiente para abandonar el bonito lugar, hasta que observó, con satisfacción, que por fin el hombre había apartado la vista, ignorándola.

 

Eric se tumbó sobre su toalla y decidió dar por terminada la sesión. Comenzaba a cosquillearle el sexo, imaginando un futuro prometedor teniéndola entre sus brazos, pero su propósito ese día había sido tan solo el de que ella se percatara de su presencia y ese objetivo consideraba que estaba plenamente conseguido.

 

Al día siguiente Eric tomaba el sol tumbado sobre una de las inclinadas rocas de la cala. Unos minutos antes se encontraba en la playa, a cierta distancia de Chus y sus amigas, ansiando que ella las abandonara y volviera a la cala. Cuando ella se levantó y se puso el pareo, imaginó que la mujer se dirigiría a la cala y se apresuró a adelantarse para que ella le encontrara allí. En efecto, poco después, ella apareció y él, aliviado con su presencia, siguió su plan, haciéndose el dormido.

 

Chus se acomodó en otra roca, descubriendo frente a ella, a escasa distancia, al cretino que la había devorado con los ojos el día anterior. “Asco de mirones”, pensó, sin percatarse de que ella estaba haciendo en ese momento lo mismo. El tío parecía dormido y Chus no pudo evitar analizarle. Era aparentemente alto, y de pelo rubio y corto. Le calculó unos 30 años más o menos, desde luego más joven que ella, que se acercaba ya a los 40. Su cuerpo era bastante atlético y estilizado, tumbado así como estaba, y los rasgos de la cara, aún a distancia, mostraban una cierta dureza que le hacían ciertamente atractivo. Llevaba un bañador tipo bermuda, de color azul celeste. Se detuvo un buen rato intentando leer unas letras dibujadas en el bañador, sin conseguirlo. Al alzar la vista, dio un respingo, viendo sobre ella la miraba fija del hombre y recibiendo de él una abierta sonrisa. Casi sin querer, ella le devolvió la sonrisa, y de inmediato miró a otro lado, avergonzada por haber sido descubierta in fraganti, pero más aún ante la posibilidad de que el hombre pudiera pensar que ella estaba inspeccionando la zona prohibida de sus atributos masculinos.

 

Eric sabía desde el principio que ella le estaba examinando. Mantuvo sus ojos sólo un poco entreabiertos, para que ella pensara que él dormitaba, pero tenía suficiente campo de visión para poder confirmar que suscitaba interés en la mujer, y hasta que parecía ser objeto de su curiosidad lo que él escondía debajo de su bañador. Todo iba muy bien, veía más cercana la posibilidad de poder abordarla, pero debía seguir yendo paso a paso con cautela.

 

Durante un buen rato, Chus se perdió contemplando el mar, pero esta vez no pensaba en la rutina de su vida, ni en su familia, sino en el hombre al que unos minutos antes había inspeccionado. Suponía que ahora era él el que la estaría analizando, seguramente desnudándola con la mirada, pero la vergüenza le impedía volver a cruzar sus ojos con los de él. Como el día anterior pensó en irse, pero prácticamente acababa de llegar y no quería parecer una cobarde ante él. Intentó relajarse, perdiéndose en otros pensamientos, pero la imagen varonil le volvía una y otra vez y, cada vez con más frecuencia, la de las letras ocultas de sus bermudas azules. En un momento dado la imagen pasó de las letras al interior del bañador del hombre, y se desconcertó. Fue un instante fugaz, pero su mente había dibujado una imagen del pene del bañista.

 

Eric se percató de la incomodidad creciente de la mujer. Hubiera dado un mundo por saber que pensaba ella en ese momento, y decidió acercarse, temiendo que ella se marchara.

 

– Hola, ¿te gusta este lugar? – le preguntó Eric, una vez junto a ella.

 

Ensimismada en sus pensamientos, Chus no le había visto acercarse, y se sobresaltó viendo de pie, a su lado, al apuesto hombre rubio. Le costó reaccionar y contestó, tratando de no mirarle a los ojos:

 

– Ehh …. Pues sí. Es bonito.

 

– Tiene buenas vistas, ¿no crees? – dijo Eric, mirando al horizonte del mar.

 

Chus, que seguía sin mirarle, no interpretó la inocencia de la pregunta, e imaginó que tal vez se refería al lugar donde tenía puestos sus ojos cuando fue sorprendida por él. Ansiaba explicarle que no era lo que parecía y su nerviosismo fue en aumento. No contestó.

 

Eric observaba, ahora de cerca, que las facciones de la mujer eran muy atractivas, su pelo negro y liso que sobrepasaba los hombros y un rostro de marcado equilibrio en el que destacaban especialmente sus labios claros y carnosos. Era muy guapa. No podía aún ver el color marrón de sus ojos, porque ella no se atrevía a mirarle. Intentó retomar la conversación:

 

– Yo vengo de vez en cuando aquí. ¿Y tú? Ayer también te vi.

 

Chus se atrevió por fin a mirarle, descubriendo unos ojos azules como el bañador y una sonrisa que la impactaron.

 

– Bueno. Sólo llevo 2 días aquí.

 

– Yo vivo y trabajo aquí, aunque ahora estoy de vacaciones. Me llamo Eric ¿y tú?

 

– María Jesús – dudó ella antes de contestar – bueno, en realidad, todos me llaman Chus.

 

Eric se sentó frente a ella, para ponerse a su nivel, y le comentó que su padre era danés y su madre española. Ella le explicó que también estaba da vacaciones. La conversación versó sobre temas banales, en los que Eric aprovechó para deleitarse con el cuerpo de la mujer y se animó viendo como ella, poco a poco, se tranquilizaba y se mostraba abierta a conversar.

 

Tras bastantes minutos de charla, Chus decidió volver con sus amigas y se despidieron con un pequeño apretón de manos, notando él el anillo nupcial que ella llevaba en su dedo anular.

 

Mientras volvía a su apartamento Eric valoraba nerviosamente la situación. Se había acostado con muchas mujeres más jóvenes, y además todas eran libres. El sabía que esto era algo muy especial y complicado. Nunca había abordado una mujer más madura que él, además de bella y sumamente apetecible, y su condición de casada y el escaso tiempo de que disponía, daban un valor extra a la morbosa tarea de seducirla y conseguir llevársela a la cama. Por primera vez en mucho tiempo Eric no pudo evitar la erección de su polla bajo sus bermudas azules, con solo imaginarse haber tenido éxito, follándose a esa hermosa hembra.

 

Chus pasó el resto de la tarde con repentinas apariciones en sus pensamientos del varonil macho con el que había conversado en la playa. Indudablemente era un hombre atractivo y agradable en el trato. No vio maldad alguna en lo sucedido ni en las posibles intenciones de él. Por la noche, ya acostada, la maldad salió de ella misma, cuando la visión de Eric se le empezó a aparecer con más asiduidad, y lo que era peor, cuando se le repetía la imagen de la polla bajo el bañador azul. También ella, por primera vez en mucho tiempo, se sintió excitada, sin contacto sexual, y necesitada de masturbarse. Por supuesto que no lo hizo, pero al despertar al día siguiente sabía que había tenido sueños húmedos, aunque no recordara los detalles, y que Eric había participado en ellos. Inquieta, tomó la decisión de no acudir ese día a la calita.

 

Era la mañana de un viernes soleado y Eric aguardaba con paciencia sobre la arena, escondido, a que Chus abandonara a sus amigas y se dirigiera a la calita. Tenía intención de enseñarle otra zona de la costa y profundizar en su relación, algo necesario si quería avanzar en su morbosa tarea de conquistarla. Conforme pasaba el tiempo y ella permanecía tumbada sobre la arena, le invadió el desánimo. Se había convencido de que ella iba a ir a la cala, pero sus previsiones no parecían acertadas. Siguió distancia a las tres mujeres cuando estas abandonaron la playa, y las vio desaparecer. Se fue a su propio apartamento, muy cercano al de ellas, pensando en como actuar, intuyendo la existencia de una montaña por delante.

 

Chus se sentía satisfecha, mientras comía, por haber resistido la tentación, que tuvo en varios momentos de la mañana, de ir a la cala. La charla con las amigas le fue serenando y, por suerte, dejó de “ver” a Eric y al contenido de sus bermudas. Tras la comida, buscó un cigarro para acompañar al café y vio que no le quedaba ninguno. Se lo pidió a Eva, pues Loli no fumaba, pero ella tampoco tenía. Resignada salió de casa, buscando un bar para comprar tabaco.

 

Eric apuraba, sudoroso, las últimas gotas de su café, deseando abandonar cuanto antes el local en el que fallaba el aire acondicionado. Estaba resignado y solo podía esperar a que al día siguiente Chus se animara de nuevo a ir a la cala. Entonces la vio entrar en el bar, encantadora, vistiendo un pantaloncito blanco, y una camiseta de tirantes verde manzana. La inicial sorpresa no le impidió que sus mecanismos seductores se pusieran inmediatamente en marcha para aprovechar la ocasión, y la abordó mientras compraba el tabaco.

 

– Hola Chus, ¿puedo invitarte a un café?

 

Chus se giró y se topó con el bello rostro del hombre, con sus ojos azules, con su barba de un día y con un aroma especial que emanaba de él y que, en menor grado, ya había notado en la cala, el día anterior. Tardó unos segundos antes de contestar nerviosamente:

 

– Sí, claro, por supuesto. Con hielo, por favor. – Y de inmediato se preguntó por qué diablos había aceptado, en lugar de rechazar cortésmente la invitación.

 

Se sentaron, encendiéndose un cigarro cada uno, y se miraron unos momentos, sin hablar.

 

– ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó ella, rompiendo el hielo

 

– Vivo en este mismo edificio

 

– ¿Y hace tanto calor como aquí? – volvió a preguntar ella, empezando a sudar también.

 

– No, ni apartamento está fresquito. Si te apetece, te lo enseño.

 

“Eso quisieras tú”, pensó Chus, ante las palabras del hombre.

 

– No gracias, tengo que irme. – contestó, terminándose el café y cogiendo el bolso.

 

Mientras la acompañaba a la puerta de salida del bar, Eric intentó mantener la charla:

 

– Oye, no te he visto en la cala esta mañana.

 

– Ya, no tenía muchas ganas de andar – mintió Chus

 

– Lástima, quería enseñarte un lugar muy bonito – y Eric intentó recuperar el tiempo perdido, añadiendo – Podía enseñártelo ahora.

 

– ¿A estas horas y con este calor? – pretextó ella.

 

– Bueno, pues mas tarde. ¿A las 7 es buena hora?

 

Chus quiso seguir siendo cortés y prefirió contestar un tal vez, que negarse en rotundo. Al salir caminaron unos metros juntos, hasta que Eric entró en el portal de su apartamento y se despidió, hasta las siete. Chus no pudo evitar observarle mientras se adentraba en el portal, admirando, su estimulante figura, envuelta en los jeans y en una camisa blanca ancha. Se dio cuenta de que las imágenes de él se le iban a presentar de nuevo.

 

A las 7 en punto Eric aguardaba en la cala, nervioso e impaciente, la llegada de Chus. Lo del bar había sido un golpe de suerte inesperado, que le había devuelto la ilusión por el éxito, pero debía confirmarse ahora, si ella acudía a la cita. Tras diez minutos de ansiosa espera, reconoció, acercándose a la cala, la presencia femenina que tanto esperaba. Una honda satisfacción recorrió su cuerpo y se preparó para recibir a la mujer.

 

Chus divisó al rubio danés/español en la lejanía. Aún dudaba si estaba haciendo bien o mal en ir allí. Al salir del bar tenía claro que no iría a la cala, pero, como esperaba, durante la siesta Eric se le presentó con frecuencia y notó que en el fondo le apetecía su compañía. Era consciente del interés que suscitaba en él y suponía que intentaba flirtear con ella, pero eso de sentirse apreciada y admirada como mujer era algo que hacía mucho tiempo que no experimentaba. En todo caso ella siempre podría poner el freno a cualquier iniciativa peligrosa de Eric.

 

Tras saludarse, pasearon por la playa, más allá de la conocida cala, hasta llegar a una zona en la que las piedras cortaban el acceso por la arena. Chus miró dubitativa a Eric y este simplemente dijo “¡A nadar!”, y se metió en el agua, animándola a seguirle. Ella dudó entre quitarse el pareo y llevarlo a mano, o nadar con él puesto. Optó por los segundo y le siguió, andando sobre el fondo del mar, hasta que la profundidad le obligó a nadar. Bordearon a nado la roca que les impedía el paso hasta acceder a una zona rocosa de la costa, en la que solo había una minúscula franja de playa.

 

Eric se percató del cansancio de la mujer, mientras salían del agua, y le cogió de la cintura para ayudarla. Le encantó sentir por primera vez la suavidad de la piel y la dureza de su carne bajo la pequeña presión de sus dedos, pero lo que más le entusiasmó fue notar el estremecimiento de ella al agarrarla, claro indicio de que él no le era indiferente. Supo que tenía que esforzarse en seguir jugando bien sus cartas, consiguiendo que ella se sintiera cada vez más a gusto con él. Cuando la mujer se soltó el mojado pareo, que la incomodaba, y se tumbó boca abajo sobre la arena él, que permanecía sentado, pudo por primera vez admirar de cerca su hermoso trasero, firme, respingón en su grado justo, con buena parte de su esplendor fuera del bikini, toda una hermosura.

 

Hablaron casi dos horas, y contemplaron una gruta horadada en la roca que Chus no había podido descubrir hasta que ambos salieron el agua. Aunque ella estuvo un buen rato turbada por las sensaciones percibidas cuando Eric la ayudó a llegar a la arena, al poco se encontraba a gusto, tranquila y liberada de toda tensión, disfrutando del lugar y de la amena charla de Eric, su acompañante. Sin embargo, cuando él le invitó a cenar, ella se rehusó. No quería intimar más con el apuesto hombre y le tranquilizó el que él no insistiera. Esa noche, al mirarse en el espejo, se vio tan guapa y atractiva como cuando era joven, orgullosa por las atenciones de Eric, pero firme y segura de sí misma. Durmió de un tirón, pero al despertar, Eric estaba más vivo que nunca en su mente y notó su sexo mojado. Presintió el peligro de volver a verle y se mezcló con el deseo de hacerlo. Era el último día que irían las tres amigas a la playa, y dudaba en ir o no ir esa mañana a la cala.

 

Eric estaba oculto, una vez más, a cierta distancia del lugar donde se ponían las mujeres en la playa. El no había dormido esa noche tan bien. Se despertó varias veces, nervioso y excitado porque el día siguiente era el último del que disponía para conseguir a la mujer a la que ya tanto deseaba. Vio llegar a las amigas de Chus, pero no a ella. Algo intranquilo, se fue a la cala, esperando encontrarla allí, pero no fue así. Esperó un rato, cundiéndole el desánimo al no verla llegar, hasta que por fin la divisó acercándose. Se ocultó morbosamente, con la curiosidad de conocer como reaccionaba ella, sin estar él. Cuando vio que ella se acomodaba en la roca y no cesaba de mirar para uno y otro lado, sintió un pequeño latigazo en su entrepierna. Era evidente que también ella le buscaba a él y eso le abría, y mucho, el camino por recorrer ese día. Con la confianza por las nubes, fue al encuentro de la mujer.

 

Estuvieron toda la mañana charlando, conociéndose y admirándose mutuamente. Llegaron a tanta soltura que, en uno de los pocos momentos de silencio, mientras Chus tomaba el sol boca abajo, Eric decidió arriesgarse y acariciarle suavemente con la yema los dedos la espalda tersa que tan bonita se le ofrecía, recibiendo con gusto un nuevo estremecimiento por parte de la mujer y como a ella se le ponía la piel de gallina. Dado que Chus no le ponía pegas a la inocente caricia, Eric acabó extendiéndola al tentador culo de la mujer, con un roce tenue pero suficiente como para palpar su excitante redondez. Y Chus, obviamente, se sintió obligada a protestar, pese a que habría querido seguir sintiendo esos dedos deslizándose sobre su piel.

 

– Eric, no te pases.

 

– Lo siento Chus, me dejé llevar.

 

– Vale, pero no sigas.

 

– ¿Ni en la espalda? – añadió él, poco convencido de lograrlo.

 

– ¡Ni en la espalda! – Se reafirmó ella, y cambió de posición, sentándose junto a él.

 

Después fueron a un bar en la playa a tomar unas cervezas. Un buen rato después Chus miró el reloj y vio que era tardísimo. Había estado tan a gusto charlando y bromeando con Eric, tanto en la cala como en el chiringuito en el que se encontraban, que el tiempo se le había pasado volando y sus amigas seguramente le estarían echando en falta. Pero en su interior algo no funcionaba bien, le oprimía el estomago tener que despedirse definitivamente del hombre que la miraba y trataba con tanta devoción. Se terminó la cerveza fría y la última de las aceitunas que había compartido con Eric y, con pesar, procedió a despedirse:

 

– Bueno Eric, debo irme

 

– ¿Ya?

 

– Sí me están esperando.

 

– Me sabe mal que te vayas, así tan de repente.

 

Chus no contestó, simplemente hizo una mueca de resignación y permaneció adorando los ojos azules masculinos.

 

– Me gustaría invitarte a cenar esta noche, para despedirnos con más calma. – le dijo Eric, sabedor de la importancia del momento.

 

Chus notó un escalofrío recorrer todo su ser, al escuchar la proposición del guapo rubio que tenía ante ella. Temía y deseaba muchísimo esa cita, en el fondo de su interior estaba ansiando recibir la invitación, pero no quería que él pudiera ilusionarse en algo más que una cena y una animada charla. Miró para todos los lados, dudando la respuesta.

 

– Vamos, no te voy a comer – insistió Eric, intentando calmar sus dudas, y consiguiendo su propósito, pues, en efecto, Chus se reconfortó con estas palabras, y aceptó, convencida de poder pasar una velada entretenida y divertida, sin ningún otro matiz.

 

Eric en cambio, regresaba a su casa con la adrenalina por las nubes, tras obtener el esperado sí de Chus a la cita. Recordó las palabras que hicieron que ella aceptara y se imaginó, con gran excitación, que efectivamente se comía el cuerpo desnudo de aquella mujer, de arriba a abajo.

 

Eric la llevó a cenar a un restaurante pequeño y acogedor. Durante la cena intentó en varias ocasiones dirigir la conversación hacia el lado sexual, pero no lo consiguió. Tampoco logró mucho con la bebida. Ella solo bebió una copa de vino y una de champán, lo que tanpoco favorecía la necesaria desinhibición de la mujer, La coraza de Chus era fuerte por esos lados y Eric no tuvo más remedio que desviar sus estrategia más hacia otro tipo de gestos. Durante le cena le cogió en más de una ocasión la mano, con falsa galantería, regalándole piropos, estos nada falsos. Antes de levantarse de la mesa, mientras le ofrecía sus impactantes ojos, le acarició suavemente el rostro, removiendo las defensas de la mujer.

 

La cena había sido magnifica y entretenida, como imaginaba Chus. Paseando por el muelle, ella intentaba controlar sus emociones. Eric estaba teniendo el comportamiento que ella esperaba, pero era consciente de la fuerte atracción que ella sentía por el hombre que paseaba a su lado, ahora en silencio. También sabía que era prisionera de sus circunstancias personales, de su vida y no se sentía capaz de salir de esa jaula. Se levantó una suave brisa y ella murmuró un “Tengo un poco de frío” en el medio del silencioso andar de ambos, y Eric la tomó del hombro, atrayéndola hacia él, dándole el calor que ella necesitaba. Chus sintió la necesidad de recostarse sobre el pecho él, y así lo hizo, sin poder evitar soltar un suspiro, al sentir junto a ella el apetecible cuerpo masculino. Tampoco pudo evitar decir que sí, cuando al llegar al portal donde vivía Eric, éste le invitó a subir a su apartamento.

 

Eric estaba ansioso y excitado, al entrar en su apartamento acompañado de la deseada mujer. Había estado a punto de besarla en el muelle cuando ella se acurrucó sobre él, pero se contuvo, porque ese no era el lugar en el que quería tenerla para disfrutarla. Ahora, en su apartamento, debía culminar su tarea y debía hacerlo pronto, antes de que ella se enfriara, después del romántico paseo en el que sabía que había logrado abatir buena parte de las resistencia natural de Chus. Se dio toda la prisa del mundo en poner música suave y en servir dos copas de champán, ansiando iniciar el ataque definitivo, antes de que ella pudiera arrepentirse.

 

Mientras él le servia la copa, Chus ya empezaba a preguntarse qué hacía allí arriba, en la casa de él, casi a su disposición, y su lucha interior se reavivó, tal y como presentía Eric. Empezó a pensar en Julio, en sus hijos, en todo su mundo, hasta que Eric se sentó a su lado y le preguntó:

 

– ¿Cómo estas?

 

– Bien – contesto ella, entre un mar de dudas. Y sintió como le envolvía el embriagador aroma masculino de Eric, cuando éste se le acercó para besarla, pero no le dejó hacerlo.

 

– No Eric, esto no.

 

Te deseo Chus – contestó él con toda la sinceridad del mundo, alcanzando los labios de la mujer con los suyos.

 

Chus retrocedió levemente y, mirando hacia el suelo, murmuró:

 

– No Eric. Tu compañía ha sido estupenda estos días, pero vamos a dejarlo así.

 

Eric esperó a que levantara la vista y, mientras se miraban a los ojos, contestó:

 

– No puedo dejarlo así, eres irresistible.

 

Chus notó en la mirada de Eric el deseo de éste, llenándose de orgullo femenino y de excitación. Y se dio cuenta de que irresistiblemente ella también le deseaba a él. Cuando sintió de nuevo los labios de Eric sobre los suyos apenas pudo susurrar un “Eric, por favor, por favor”, y, entreabrió la boca, abriéndole paso.

 

Eric la besaba con pasión, pero no encontraba aún la respuesta de entrega que deseaba de ella. Pensó que tal vez debía estimularla más, y la acarició, paseó las manos por sus hombros y bajó a sus senos, tapados por la blusa turquesa. Le desbotonó la blusa para poder sobar más libremente los preciosos pechos de la mujer, y dejó de besarla para aplicar sus labios a estos, sobre el sujetador, notando con satisfacción la dureza de sus pezones. Creyendo que su táctica funcionaba, llevó la mano a los muslos y las subió con rapidez al pubis de ella. Chus cerró instintivamente las piernas, y él, preso de la urgencia, intentó forzar la entrada de sus dedos al sexo de ella.

 

Pese a desear a Eric, Chus no estaba aún preparada para ofrecerse tan fácilmente al roce de las manos del hombre. Se apartó lentamente de él, retrayéndose al brazo del sofá. Con voz turbada intentó frenar el fervor de Eric:

 

– No debo hacerlo.

 

Eric tardó en unos instantes en reaccionar, admiró el excitante pecho semidescubierto de Chus y se acercó a ella acorralándola en el extremo del sofá, rozando suavemente sus mejillas con las de ella. Le susurró de nuevo un “Te deseo”, y aún pudo escuchar de ella un apagado “No debo hacerle esto a mi marido”, antes de encontrar vía libre para besarla en la boca.

 

Chus sintió la lengua de Eric abrirse paso y besarla como un ángel. Aspiró de nuevo ese aroma masculino que tanto le atraía, y quedó desarmada. Se le hizo evidente que seguramente nunca se le volvería a presentar una ocasión igual de sentir semejante atracción por un hombre ni de sentirse tan ardientemente deseada por un alguien tan atractivo como él. Derrotada, no pudo evitar recordar fugazmente a su marido y le pidió perdón, justo antes de abrazarse al cuello del Eric y unir su lengua a la de él en un incontrolado baile de ida y vuelta entre sus bocas.

 

Eric sintió con alivio cómo la mujer ahora sí que parecía entregarse como él deseba. Se había precipitado torpemente y había puesto en peligro toda su labor anterior, pero, afortunadamente, había sido un acierto besarla de nuevo, y antes de intentar volver a empezar a saborear las partes más intimas de ella, decidió llevarla a un lugar más cómodo. Sin dejar de besarla la cogió en brazos y se dirigió con ella al dormitorio.

 

Chus notó que él la levantaba e imaginó lo que se proponía a hacer. Se mantuvo firmemente agarrada a su cuello hasta que sintió como caían suavemente sobre la cama, ella boca arriba y él sobre ella.

 

Eric no quería volver a poner en peligro su labor, ahora que había conseguido superar la resistencia de la mujer y se volvía a acercar a la victoria. Siguió besándola mientras, sus manos, sin prisas, avanzaban acariciando su rostro, su cuello y los costados de la mujer, antes de aterrizar en sus pechos y estrecharlos suavemente. Palpó la carne dura que sobresalía del sujetador y volvió a recrearse con la dureza de los pezones por debajo de la prenda. Aunque ansiaba liberarlos, se tomó su tiempo, yendo y viniendo con sus manos, introduciendo a veces sus dedos por el interior del sostén para acariciar los pezones, notando con entusiasmo como ella se volcaba aún más en el beso, reaccionando a la caricia, hasta que consideró que el momento era oportuno para volver a buscar la parte más intima y deseable de la mujer.

 

Chus sintió la mano de Eric reptar lentamente por la parte interior de sus muslos, buscando su sexo encendido. Mantuvo por unos instantes las piernas cerradas, en un último e inútil esfuerzo por evitar lo inevitable. Eric ya le acariciaba sin trabas el pubis por encima de las bragas, tanteando la parte acolchada que formaba su vello púbico, bregando sin prisas por alcanzar la parte mas escondida de su sexo. El grado de excitación de Chus era tan alto, que pedía estimularse cuanto antes el clítoris. Abrió las piernas deseando que él se encargara de ello y de inmediato sintió los ansiados dedos del hombre posarse sobre las zona mas húmeda y necesitada de su coño, provocándole un hondo suspiro que se ahogó en el apasionado beso. Encendida como nunca, se incorporó ligeramente para poder acceder con sus manos al vigoroso cuerpo del macho que la estaba cubriendo de placer. Solo necesitó desabrocharle un par de botones de la camisa, pera tener acceso a su fuerte torso. Jugó un ratito, enroscando sus dedos entre los vellos del pecho de Eric y rozándole las tetillas, luchando por decidirse en hacer lo que realmente estaba anhelando.

 

Eric estaba agradablemente sorprendido por la actividad de la mujer, y más cuando ella paseó la mano hacia su entrepierna. Se deleitó con las sensaciones que la mano femenina le provocaba, cuando alcanzó su bulto sobre el pantalón e, indecisamente, empezó a tantearlo, recorriéndolo con la palma varias veces para medir su extensión y luego pellizcándolo suavemente, para calibrar su grosor. Cada vez más seguro de estar alcanzando su objetivo, metió sus dedos por el costado de las braguitas de la mujer, deleitándose al contactar con su vello púbico y al abrirse paso por completo a su raja, comprobando la fiebre y humedad de ésta.

 

Sus dedos jugaban recorriendo los labios del coño de Chus, introduciéndose entre ellos, provocando que ella moviera su pelvis cada vez que alcanzaba y acariciaba su botoncito de placer. Justo en el momento en que él pensaba sacar su polla al exterior y ofrecérsela desnuda a Chus, esta dejó de tocarle el bulto de la polla, y también dejó de besarle, abandonándose a gemir más a gusto, mientras él la masturbaba, y sintiendo la inminencia del orgasmo. Eric dejó de acariciarle el coño, pues no quería que ella se corriera tan pronto, pero se llenó de orgullo, y tuvo la certeza de que toda resistencia estaba rota y de que la mujer iba a ser por fin completamente suya.

 

Chus se desesperó cuando Eric dejó de tocarla e incluso de abrazarla. Le había dejado al borde de culminar su placer, saboreando las deliciosas sensaciones previas a un orgasmo que presumía ibas a ser apoteósico. Desnuda del contacto íntimo de su amante, abrió sus ojos, buscándole para implorarle que siguiera, que no le diera cuartel, y encontró el rostro de su amante a la altura de su sexo, respirando el aroma femenino que éste desprendía. Eric le bajó las braguitas y Chus, agradecida, se preparó para disfrutar sin límites.

 

Eric se incorporó un poco para ampliar el ángulo de su visión y poder admirar en toda su extensión el maravilloso coño que acababa de dejar al descubierto. El vello negro, no muy abundante, se extendía en longitud, pero dejaba despobladas y apetitosas las ingles. Los labios mayores, oscuros como los pezones, sobresalían lo suficiente de la mata de pelo para enseñarle el excitante rocío sexual acumulado, escondiendo el tesoro que iba a comerse. Acercó su boca a la hendidura y aplicó un suave beso a los jugosos labios salados del sexo de la mujer, recibiendo de ella el merecido gemido. Jugó con sus labios y con su lengua por los alrededores de la encendida raja, frenando la pugna desesperada de ella por hundir su cabeza en el coño. Un gemido mucho más prolongado escapó de Chus cuando Eric quiso dejar de luchar y sus labios aterrizaron y se hundieron con fuerza en la ansiada gruta, empapándose de sus apetitosos líquidos.

 

Chus experimentó toda una gama de sensaciones desconocidas mientras su chocho era, por primera vez en su vida, victima de una boca masculina. Ningún otro hombre, incluido Julio, le había comido el sexo, aunque su esposo no existía en ese momento para ella, sólo la lengua y los labios de ese maravilloso macho que recorrían de arriba a abajo su coño y hasta su ano, que se introducían en su vagina como revoltosos gusanos y que apresaban y sorbían como un pulpo su clítoris, enloqueciéndola. No fue capaz de soportar mucho tiempo el juego amoroso de su amante, y se corrió entre gritos escandalosos, inundándose su coño, tras varios mese de sequía, del preciado orujo de sexo, listo para que Eric lo bebiera triunfalmente.

 

Eric estaba disfrutado como nunca con esa mujer. Se sentía ganador, pero sobretodo comenzaba a saborear algo completamente nuevo para él, el morbo de lo prohibido, de la conquista y la entrega fervorosa de una mujer casada. Deseaba culminar su obra y follársela con todas sus ganas cuanto antes, no fuera a ser que tras haberse corrido decayera el ímpetu de la hermosa hembra. Mientras ella aún estaba bajo los efectos posteriores al orgasmo, le despojó de toda su ropa y de la suya propia, quedando ambos desnudos. Se echó sobre ella y situó su espada rozando la entrada del coño. Tras una fácil entrada, por la lubricación exterior, fue deslizándolo lentamente y por completo hacia el interior, notando como, sorprendentemente en una mujer que ya había parido, las paredes de su vagina le envolvían estrechamente la verga, causándole un placer que raramente obtenía de sus jóvenes conquistas. La besó de nuevo en la boca, notando una vez más el efecto en ella que, lejos de enfriarse, volvía a encenderse con el beso y el vaivén del miembro viril en su interior. Eric gozó con la estrechez del coño de Chus, y disfrutó follándola sin pausa y con ritmo lento y uniforme. Después de un buen rato, cambió de postura para poder sentir mejor su cautivador cuerpo y la puso de rodillas para penetrarla por detrás. Su esplendido trasero apareció ante él, cautivador y abierto, haciéndole incluso dudar donde hundir de nuevo su polla. La penetró de nuevo por el coño, juntó su pecho a la espalda de la mujer, y la agarró de los senos, dirigiendo los movimientos e imprimiendo un ritmo más veloz a sus embestidas.

 

Chus se encontró ensartada y aferrada por el macho que la estaba enloqueciendo de placer. Las manos de él recorrían todas las partes de su cuerpo que tenían al alcance, a veces incluso con impetuosa fuerza. En pocos instantes Chus estaba en el camino de un nuevo orgasmo y quería sentir aún más ese gran rabo que la penetraba. Se giró hacia atrás y, entre sus gemidos, se oyó a sí misma gritarle a Eric “Dame más fuerte”. Al instante las manos de Eric estaban en sus caderas y las penetraciones se hicieron feroces y profundas. Ahora sí que la polla de Eric le llenaba por completo, y le encantaba sentir el golpe del choque de los dos cuerpos cuando él apretaba hasta el fondo, sin piedad. Ni podía, ni quería ahogar los incontrolables gritos de gusto que solían de su garganta. Lista para correrse de nuevo, tomó ella la iniciativa. Tumbó al hombre boca arriba y se colocó a horcajadas sobre él, ensartándose sobre su virilidad y retomando ella el feroz ritmo de la follada.

 

Eric también estaba a punto y pensó en intentar correrse a la vez que ella, pero lo desechó. Eric conocía sus copiosas eyaculaciones, algo que sorprendía y gustaba a las chicas con las que se acostaba, pero sobretodo era especialmente placentero para él mismo, pues tardaba mucho en vaciarse, haciendo que sus orgasmos fueran muy largos. Sin embargo, para disfrutar al máximo de esa sensación, él era el que debía llevar el ritmo de los movimientos y eso era algo que no podía hacer en esa postura en la que era Chus la que se movía según sus propias necesidades. Decidió esperar a que ella se corriera primero y hacerlo luego él, follándosela en una posición más adecuada para su propio disfrute.

 

Agarrada a él como una posesa, Chus se movía a un ritmo infernal, gozando con la estaca de Eric completamente adherida a sus paredes vaginales, cada vez que bajaba su cuerpo sobre el de su amante. A punto de venirse, apartó la boca de Eric de sus pechos y le besó en la boca con total voracidad.

 

Eric sintió, con máximo orgullo, como en ella explotaba de nuevo el orgasmo, comiéndose los prolongados gritos de placer de Chus, ahogados en el beso apasionado que se estaban dando, mientras el cuerpo de la mujer se convulsionaba de gusto.

 

El primer orgasmo de Chus había sido intenso y corto, pero el que acaba de experimentar había sido único, profundo y prolongado y la había dejado medio desfallecida y semitumbada a los pies de la cama. Ya más calmada, vio frente a ella, sentado y apoyado en el respaldo de la cama, al maravilloso hombre que tanto le estaba ofreciendo. Vio que la miraba con deseo y al bajar la vista observó que una de sus manos jugaba en su entrepierna. Había palpado sobre la ropa y sentido en su interior, los atributos sexuales de Eric, pero aún no los había visto, y la imagen de su verga le sobrecogió. Gruesa y de buena longitud, con la piel del tronco de un color muy claro y un glande desafiante de tono sonrosado. Una encantadora mata de pelo castaño rodeaba todo el sexo del hombre, y tapizaba levemente sus pelotas. Estuvo admirando un buen rato el instrumento de placer. Deseosa de hacerle acabar, gateó con femenina parsimonia hacia ese bendito pollón, lo agarró con ambas manos y empezó a pajearle a toda velocidad.

 

Eric deseaba volver a tirarse a Chus y correrse de una vez, pero tampoco quiso dejar de satisfacer la curiosidad que la mujer parecía sentir por su aparato viril. Le sujetó la mano para impedir el desenfrenado e inapropiado ritmo, y notó en el bello rostro de la mujer una expresión de desconcierto y tal vez de enfado, como si le hubieran quitado un caramelo que era sólo suyo. Y aunque en principio no había pensado en ello, creyendo que ya era suficientemente difícil tirarse a una mujer casada, se le ocurrió morbosamente el que tal ve ella pudiera regalarle algo de sexo oral, antes de volver a follársela. Atrajo su cara hacia la de él, le dio un pequeño beso en los labios y la desplazó hacia abajo, dejando la boca a la altura de su erecto pene. La mujer dudó, tal y como él se esperaba, pero finalmente ella abrió la boca y la acercó con miedo al glande, intentando abarcarlo, pero clavando torpemente los dientes en el grueso capullo.

 

Instintivamente, aunque con dulzura, Eric le reprochó:

 

– No la muerdas. Usa los labios y la lengua.

 

Chus encajó la observación contestando sin mirarle, con un mohín deliciosamente cautivador:

 

– Lo siento, es que esto yo no …….

 

Y un escalofrío de gusto sacudió a Eric, al escuchar esas palabras de la mujer, con las que parecía decirle que nunca antes le había hecho una mamada a un hombre. El morbo existente en esa habitación creció varios grados y su polla también un poco más. Decidió disfrutar un buen rato de tan morboso placer, antes de tirarse a Chus y vaciarse en ella.

 

Chus se propuso seguir los consejos de Eric. Besó con sus labios y lamió con su lengua toda la potencia sexual que él le ofrecía. El tacto fino de la piel de su tronco y sobretodo la majestuosidad del capullo le atraían como una lapa, pero lo que más le encandilaba era la boquita del glande, y jugaba con su lengua abriéndola, casi como si buscara que esta expulsara su esencia masculina. Tras un buen rato entretenida con la polla, Chus se recreó en los testículos de Eric, lamiéndolos de arriba a abajo, mientras sus dedos nadaban en el vello circundante. El quiso facilitarle el trabajo y tiró de la polla hacia arriba para subir sus huevos y ponerlos mas al alcance de la linda boca de la mujer. Y notó que ella intentaba abarcar en su boca lo que podía de ellos, sorbiendo y saboreando por turnos cada una de sus fábricas de leche.

 

Chus se encontraba absolutamente prendada de la preciada herramienta sexual de su amante. Llevó su lengua a la parte más inferior de sus pelotas. En esa zona el sudor se concentraba y ella reconoció con más fuerza que nunca el olor a macho que emanaba del cuerpo de Eric, y que a ella tanto le excitaba. Era irresistible la necesidad de hacer gozar al hombre tanto como él la había hecho disfrutar, y sus lamidas se dirigieron al lado más oculto del cuerpo varonil, sin toparse con ningún otro aroma que no fuera su predilecto.

 

Eric no daba crédito a lo que estaba pasando. Ninguna mujer le había hecho antes eso. Arqueó un poco su cuerpo hacia atrás para permitirle mejor el acceso a su ojete, sintiendo cómo ella le besaba y lamía repetidamente el ano. La caricia no le fue particularmente excitante, pero sí el morbo de la situación, de tener tan sometida a una mujer casada y de aparente limpia conducta sexual. Con todo él prefería no masturbarse y su miembro comenzó a decaer. Se percató de que la postura era difícil para ella y se giró, la cogió y se colocaron, ella en la cama, boca arriba, y él mismo de rodillas a la altura de su rostro.

 

Chus notó como él volvía a intentar que le chupara el culo, pero ella ya no quería eso. Empujó suavemente el vientre de Eric hacia atrás, reapareciendo sobre su cara el rabo del hombre, menos erecto, pero igualmente imponente. Era la polla lo que ella pretendía y él, pareciendo darse cuenta de ello, se la cogió y le introdujo suavemente el glande entre los labios, con un hondo suspiro de satisfacción. Una feroz excitación se apoderó de Chus cuando sintió entrar aquel instrumento en su boca y se dedicó a chupar como si fuera un helado todo lo que ocupaba su boca, teniendo cuidado de no volver a morderle.

 

Eric ya deseba volver a follársela cuanto antes, pero no quiso quitarle las ganas y la dejó que jugara con su rabo, mamándoselo ella cada vez mejor, y disfrutando él de ello, reanimando así su erección.

 

Ella se fue orgullosamente encendiendo cada vez más, a medida que constataba que la polla que tenía entre los labios iba creciendo en tamaño con sus lamidas, Unos suaves empujones que empezó a percibir no le eran suficientes para poder apreciar en todo su esplendor la longitud y grosor de la verga y se volcó para conseguir su propósito.

 

Eric, excitado por la dedicación de la mujer, volvía tener su máxima erección, y por ello le apretaban las ganas de hundir la verga hasta el fondo de la boca de su sometida hembra, aunque empezó a hacerlo de modo controlado y poco profundo, para no lastimarla. Sin embargo pronto se dio cuenta de que, mas que empujar él, era ella la que se incorporaba intentando abarcar lo máximo posible de su picha.

 

Chus, deseosa de gozar de todo el pedazo de carne que tenía par ella, puso sus manos sobre las posadera de Eric, acompañando y dando fuerza a las progresivas embestidas. Y así fue consiguiendo su objetivo, logrando que él le metiera dentro casi toda la herramienta, y ansiando ya que ésta se desbocara y soltara todo su material, aunque fuera la primera vez que ella lo recibiera en su paladar.

 

Eric notaba los dedos de Chis pasearse por la raja de su culo, empujándole a follársela por la boca. El se movía lentamente, pero profundizando ya todo lo posible, gozando con el juego que ella hacía con la lengua sobre su cipote cada vez que se retiraba hacia atrás. Imprimió un ritmo continuo que podía llevarle al borde de la eyaculación y conforme perduraba el ritmo sostenido de la mamada, la idea de cambiar de posición, para volver a follarla por el coño, fue perdiendo fuerza, porque además él ya intuía que podría volver a penetrarla más tarde. Era tal el morbo de la situación y el placer que obtenía follándosela entre los labios, que sintió la irresistible necesidad de correrse ya mismo, y se abandonó a gozar como nunca, vaciando sus pelotas repletas de leche en la deliciosa boca de la mujer.

 

Chus se emocionó oyendo a Eric murmurar un “¡Jesús, Jesús, que gusto!”, justo antes de que los gemidos de él se hicieran roncos, largos y acompasados, anunciándole la inminencia de la corrida. Ella se preparó para recibirla con deleite entre sus labios, aún con la duda de saber si sería capaz de soportarla dentro sin que le invadiera el asco y le hiciera vomitar. Su lengua jugaba, cimbreando una vez más sobre el capullo de hombre, cuando una explosiva descarga de líquido viscoso la arrastró hacia el fondo del paladar y la boca se le inundó de semen. De inmediato notó que, tras esa primera andanada, Eric gruñía y empujaba, instintivamente, la verga hacia su garganta, y el segundo chorro bajó por ésta hacia su interior, produciéndole una sensación de ahogo que la hizo apartarse y desprenderse del delicioso pollón que tanto le estaba haciendo disfrutar. Nada más salir de su boca, la polla de Eric siguió escupiendo leche, empapando el rostro de la mujer, y ella se apresuró a chuparla de nuevo, pues quería gozar de nuevo de la misma sensación experimentada en el inicio de la fuerte eyaculación. Degustó así, con placer, las últimas expulsiones del esperma de Eric.

 

Chus subió sus manos para acariciar la espalda de su amante y le miró, comprobando su expresión de gusto, mientras él terminaba de vaciarse en el interior de su boca. Se sentía plenamente satisfecha y feliz por haber conseguido arrancar ese inmenso orgasmo a Eric. No sólo no sentía nada de asco, sino que le excitaba sobremanera mantener y saborear en su boca toda la esencia masculina que había conseguido exprimir del apuesto hombre y se resistía a tragarse la leche recibida. En esos momentos su marido, Julio, no existía. El presente sólo se concentraba en las nuevas sensaciones que estaba conociendo y en el apuesto macho que se las estaba regalando. Ansiaba que él se recuperara pronto y volviera a follarla con todas sus ganas, y deseaba volver a beber de nuevo de esa extraordinaria fuente de semen caliente.

 

Una vez soltada ya toda su carga, Eric se salió del delicioso aposento en el que se había derramado copiosamente, aunque su pene siguió palpitando un buen rato, con suaves y repetidos espasmos de placer. Eric también se dedicó a observar a la bella esposa adúltera, tras culminar la corrida mas intensa y duradera por él jamás experimentada. Se regocijaba viendo su leche desparramada por la cara de Chus. No solo había conseguido su propósito de conquistar y follarse a esa linda y difícil mujer casada, sino que, sin que entrara en sus planes iniciales, había conseguido que ella no pusiera objeciones a que él se corriera espectacularmente en su boca, llenándole de orgullo además su convicción de haber sido él el primer hombre en hacerlo. Deslizó de nuevo la polla entre los dulces labios entreabiertos de la mujer, comprobando que ella aún mantenía morbosamente en su interior el resto de su abundante eyaculación. Movió muy lentamente su miembro adentro y afuera unas cuantas veces, sabedor de que no sería la última vez que hiciera eso mismo en las horas siguientes, y lo sacó, dejándole colgando sobre el rostro de Chus, con el glande blanquecino y goteante de su propio esperma que ella había batido en su deliciosa boca, y sin sorprenderse ya cuando vio que ella rebañaba el rostro con sus dedos, aumentando golosamente el contenido de leche en su boca. Él sí pensó en el esposo de ella, sintiendo y paladeando el intenso morbo de haberle mancillado con algo más que el follarse simplemente a su ardiente mujercita. Se estremeció pensando que aún quedaban muchas horas por delante y que Chus estaba a su entera disposición, que iba a gozar del cuerpo de la bella mujer unas cuantas veces más, que se la iba a follar esa noche cómo quisiera y cuantas veces pudiera.

 

Esa misma sensación le quedó a Julio, tras su propia corrida, viendo la grabación que, por sorpresa, había recibido de Eric dos días después del regreso se su mujer. Una mezcla de sentimientos de dolor y disfrute le habían acompañado durante la visión del encuentro entre Chus y Eric en el apartamento de él. Quería que en esos días ella tuviera un aliciente, algo que le reavivara el espíritu como mujer y le alejara de su rutinaria vida. Por ello contactó con un mercenario del amor, encargándole que tratara de seducirla. No le puso límites, convencido de que su esposa sólo coquetearía, como mucho, con él, aunque nada habría cambiado, de haberlos puestos, visto lo visto y comprobados el frenesí sexual de su mujer y la audacia y profesionalidad de Eric, que había realizado su trabajo con una brillantez incontestable, consiguiendo de Chus cosas que ni él mismo podía imaginarse.

 

No había más grabación por ver y el resto de lo que pasó esa noche no lo sabría nunca, pues Chus no se lo contaría y Eric se lo guardaría como parte del precioso botín conquistado, pero Julio daba por hecho que el hombre había disfrutado de su esposa a placer, tirándosela varias veces más por todos sus agujeros, y que ella había tenido varios orgasmos más, gozando con su atractivo semental, en unas horas llenas de sexo. Luego se preguntó si todo quedaría en esa noche. Una lágrima asomó en sus ojos, sintió un nudo en la garganta, y algo se alzó de nuevo entre sus piernas.

 

Autor: MARIANO

mariancon15@hotmail.com

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