Relato cornudo: LA NOVIA.

Marcos me llamó al teléfono de la oficina y me dijo que, con la cantidad de cosas que debía hacer para su matrimonio en Santiago, olvidó algunos objetos en el departamento que ambos compartimos pero que, como yo era su amigo, me autorizaba a entrar a su dormitorio y retirar un disco externo de computador, donde tenía algunos archivos importantes que debía llevar consigo, dado que se iba de luna de miel, a un balneario de Centroamérica.

 

Me dijo que esa tarde, después del trabajo, pasaría su novia, Catalina, y que por favor le entregara – en un sobre cerrado – el disco en cuestión, ya que ella viajaría mañana viernes, en el primer vuelo hasta Santiago, donde vivían los padres de ambos. No habían podido viajar juntos por el trabajo de ella. La ceremonia civil era el mismo viernes al mediodía y la ceremonia religiosa, el sábado. Me dijo que lamentaba mucho que yo no pudiera asistir. Nos despedimos luego que él me advirtiera que no debía hacerle ningún comentario a Catalina acerca de la despedida de soltero que le habíamos ofrecido el pasado fin de semana, ya que habían pasado algunas cosas que, de seguro, no le agradaría saber.

 

Al llegar al departamento, busqué en el sitio donde Marcos me había dicho que estaba el disco, lo encontré, lo puse en un sobre y, de pronto….me pregunté: ¿qué tendría ese disco? La curiosidad me venció, fui a mi pieza y aunque era muy improbable ver el contenido, (seguramente se necesitaba de alguna clave), me sorprendí cuando conecté el disco a mi computador y éste se abrió sin problemas. Entre documentos de trabajo de la oficina, entre fotografías diversas, había algunas grabaciones de video. Pinché una y mi sorpresa fue mayúscula. Era una relación sexual completa, con cámara fija, en que Marcos embestía furiosamente a Catalina, en la cama de la pieza de él (o sea, al lado de mi pieza). Ella gemía suavemente, se movía pero sólo por las sacudidas provocadas por los movimientos de él. Observé toda la grabación, concentrado en Catalina, una muchacha de rostro angelical, que se vestía de una manera tan sencilla, que hacía difícil imaginar el generoso cuerpo oculto bajo su ropa, y que ahora yo podía apreciar en todo su esplendor.

 

Nunca fui amigo de Catalina, aunque estuvimos muchas veces juntos. Ella tenía unos 26 años, era de estatura mediana, hablaba poco, tenía una sonrisa tímida y costaba trabar con ella cualquier tipo de conversación. En el año en que había compartido departamento con Marcos, ella evitó rigurosamente venir a verlo cuando yo estaba. Tal era la novia de mi amigo, la intérprete de esta grabación que nunca me hubiese imaginado. Vi la grabación varias veces, incrédulo todavía, repitiéndome la escena final, cuando él le lanzaba su chorro en la cara y el cuello, para luego levantarse y apagar la cámara, entre los jadeos de ambos. Era el mejor video porno que había visto, completamente real, a tiempo real, a plena luz del día, en este departamento. No podía deshacerme de él….de modo que lo copié en mi computador…

 

Confieso que me quedé muy inquieto, con una erección casi incómoda, y pensando en la cara con que la recibiría cuando ella pasara más tarde a buscar el disco, que puse en un sobre y cerré meticulosamente.

 

 

Quise distraerme, a la espera de su llegada, y me puse a ver una película en el cable. Eran casi las ocho de la noche cuando sonó el timbre. Salté de mi asiento y fui a la puerta. Al abrir, vi a una Catalina cambiada, sonriente, de rostro arrebolado, vistiendo uniforme de pantalón y chaqueta y portando un bolso. Después de los saludos de rigor, me dijo que Marcos le había pedido que pasase a buscar algo al departamento, que recién en su oficina le habían ofrecido un cóctel, tomó champaña y por eso se sentía un poco extraña y acelerada, ya que no acostumbraba a beber. Yo le dije que me encantaba la champaña y que me gustaría brindar con ella por su felicidad en el matrimonio y, ante mi sorpresa, con una amplia sonrisa, me dijo que sí.

 

Fui a la cocina y preparé las copas. Luego de brindar, nos sentamos con las copas en la mano. Me dijo que iba a necesitar usar el baño, porque luego tenía la despedida de soltera, y debía ir con faldas, pues sus amigas le habían pedido eso. Además, me dijo, “me gustaría darme una ducha, no alcanzo a ir hasta mi casa”. Le dije que por supuesto, que este Departamento lo compartíamos su novio y yo, y no tenía por qué pedirme permiso y llené las copas de nuevo. No sé si por el estado de nervios en que andaba, Catalina bebió su copa al seco… y volví a llenársela, varias veces. A cada rato, hacía gestos usando su mano como abanico, estaba acalorada. “Estás muy linda”, le dije. “Gracias”, me dijo, mirándome entre extrañada y sorprendida.

  • Espero que no llegue tu novia cuando yo esté en la ducha

  • No, no hay problema. ¿Por qué te preocupa?

  • No sé… es que tú… eres bien misterioso.

  • Ah, si? Y tú eres tímida.

  • Sí, un poco…

 

Me miró, desvió la mirada, sonrió y volvió a desviar la mirada. Yo, que no podía más de caliente – estimulado por la grabación que había visto un par de horas antes – me abalancé irracionalmente sobre ella y comencé a besarle el cuello, las orejas. Ella reaccionó espantada, oponía resistencia, mientras me gritaba, “¡No, no, qué estás haciendo, no!” Yo la apreté más fuerte, y la besé en la boca. Ella apretó los dientes, pero yo no me di por vencido. Después de un largo rato, en que sólo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas, sentí que aflojaba su tensión, poco a poco abrió la boca y nos dimos un beso largo, con lengua y sabor a champagne. Entonces recorrí sus tetas, sus nalgas y metí la mano entre sus piernas. Se puso rígida de nuevo y detuvo el beso. Yo aproveché de llevarle una mano hasta mi pene, por sobre el pantalón, pero ella la retiró de inmediato. La apreté contra mí y la besé con más fuerza aún.

 

Se detuvo de improviso, me apartó con fuerza y corrió hacia el baño. Pasado un momento escuché correr el agua de la ducha. Me percaté que había entrado al baño sin el bolso e imaginé la escena posterior, ella queriendo cambiarse de ropa y obligada a llamarme para que yo se la entregara. Mi calentura iba creciendo, y perdiendo ya todo mi control, me desnudé completamente en el living, y quedé a la espera de que me pidiera su bolso. Cuando esto ocurrió, tomé el bolso, entré al baño y apagué la luz, de modo que éste sólo quedó iluminado por la luz que venía del living. Sin embargo, vi por el espejo su cara de sorpresa, sus ojos abiertos cuando me vio entrar desnudo al baño. Ella estaba de espaldas, cubierta por una toalla. “Por favor, sal de aquí ¡ándate!” – me dijo -. En respuesta, yo me acerqué por atrás y la tomé por la cintura, mientras le metía la lengua en una oreja y ella lanzaba un gritito. Intentó zafarse, y en esos intentos se le cayó la toalla y advirtió mi pene en sus nalgas. Besé largamente su cuello, sus orejas, hasta que percibí que comenzaba a aflojar su resistencia….

 

“No te preocupes, yo te voy a vestir”, le dije. La hice girar, quedamos de frente y la abracé, besándola muy caliente. “No, no, no por favor”.   Respiraba agitada, alcancé el bolso y lo abrí. De entre la ropa, tomé unos calzones. “¿Quieres que te los ponga?”, le pregunté. Sin esperar respuesta, me arrodillé, le levanté un pie e hice el amago de querer ponerle el calzón, pero se lo dejé en el tobillo, subí desde su rodilla hasta la pelvis con mi lengua desatada, y comencé con lentitud a meterla entre sus vellos, hasta dar con el clítoris. Ella dio un grito, tomó mi cabeza en sus manos, en un último intento de resistencia, pero luego abrió un poco más las piernas y yo entré, jugando con su clítoris. Gemía, se agitaba, daba grititos y se estremecía, hasta que de pronto se puso rígida y sentí el temblor de sus piernas y escuché que gritaba, “ay, mijito, ay, qué me estás haciendo, me muero, ay, ay, ay!!!!!!!!!”. Entonces su cuerpo convulsionó completo, sus piernas apretaron mi cabeza hasta causarme dolor, mientras ella emitía unos sonidos que bien podían ser de risa o llanto, mientras decía: “ay, Dios mío, qué hice, dios mío, qué rico, mijito… nunca… nunca”.

Me puse de pie y la abracé. “¿Por qué dices nunca?”. Le pregunté. “Nunca me había pasado esto… Parece que nunca había tenido un orgasmo…” Mi asombro y excitación no tuvo límites. La besé con fuerza mientras ella ahora me apretaba el pene, a punto de explotar. Se puso tras mío, sentí su pelvis en mis glúteos y sus tetas en mi espalda, se apegó a mí, tomándome de la cintura con un brazo y con la otra mano me masturbó con suavidad, hasta que acabé contra la cortina de baño. Nos quedamos así un momento. “Que bien lo hiciste”, le dije. “Por favor, me dijo, que Marcos ni nadie se entere, por favor. Fue muy rico….” La besé largamente y entré a la ducha, agitado, confuso y caliente por lo que había pasado, una situación jamás imaginada. No sé qué podría decirle después de esto.

 

Sin embargo, cuando salí del baño, se había ido. Y sin llevarse el disco extraíble. Todavía no eran las diez de la noche, y decidí llamar a Sandra, mi novia, para decirle que no me sentía bien, y no me iría a quedar con ella al menos esta noche, sino mañana. Ella me dijo que bien, que me cuidara, y que aprovecharía de estudiar hasta tarde. Me tendí en mi cama, preocupado por el famoso disco, cuando sonó el teléfono. Era Marcos. Debo admitir que me puse muy nervioso.

 

  • Hola, Mauricio. La Cata me dice que se olvidó de pasar a buscar el disco. Y no puedo viajar sin él, porque tengo allí archivos del trabajo, bien importantes. Y ahora ella está en su despedida de soltera….

  • Marco, no te preocupes (le contesté casi alegre).Yo voy a salir ahora y se lo puedo pasar a dejar al conserje del edificio, para que cuando regrese lo encuentre ya.

  • No sabes cuánto te lo agradecería, porque ella va a regresar tarde, cerca de la una y tiene vuelo a las 7 de la mañana a Santiago.

  • No te preocupes, yo paso en media hora y se lo dejo en un sobre al conserje.

  • ¡Gracias, amigo! Le voy a avisar a ella, para que no se preocupe. Te vamos a echar de menos, ah? Y gracias de nuevo por la despedida de soltero, fue magnífica.

  • No hay de qué, Marcos. Feliz fiesta, feliz luna de miel. Chao.

 

Luego de eso, me tendí y debo haber dormido muy profundo, Desperté pasadas las doce de la noche, fresco, como si hubiese dormido la noche entera. Me preparé para salir, puse el sobre en mi chaqueta y bajé caminando los tres pisos, hasta el auto, que tenía estacionado en la vereda. Yo conocía la dirección de ella, pues había ido un par de veces a dejar a Marcos, me dirigí hacia allá y en el camino, pensé: ¿por qué entregárselo al conserje?….Mejor la espero…

 

Me estacioné a prudente distancia del edificio, y me dispuse a la espera. Minutos antes de la una, el automóvil de ella dobló, se instaló frente al portón y bajó al estacionamiento subterráneo. Me bajé del auto y caminé calculando el tiempo en que ella llegaría hasta el rincón del conserje. En efecto, cuando me acerqué a la puerta, ella estaba hablando con un viejo de gorra, cegatón, que movía negativamente la cabeza. Pulsé el timbre. Ambos me miraron, ella absolutamente asombrada. El viejo oprimió un interruptor y la puerta se abrió.

 

  • Hola Catalina, vengo a dejarte el encargo de Marcos.

  • …Ho…hola. Pensé que pasarías más temprano…

  • No pude antes. Disculpa. ¿No vas a convidarme un café?

  • Sí…sí…. Pasa. Ven.

 

Se dirigió al ascensor y yo la seguí. Llevaba una falda corta, una polera muy apretada. Vestida así, se veía espectacular, deseable. Apenas se cerró la puerta del ascensor, me dijo “no debías haber venido a esta hora”. Estaba con la cabeza gacha. Yo no dije nada. Llegamos al piso quinto, ella abrió su cartera y sacó las llaves del departamento, que quedaba justo al frente de las puertas del ascensor. Apenas entramos, sonó su fono celular. Ella se metió en la cocina.

Desde el living, la escuché hablar: “sí, mi amor. Todo muy entretenido… sólo un par de copitas, nada más…. Sí, sí estaba el sobre con el disco. Sí, fue muy amable de su parte venir a dejarlo… No te preocupes, pondré el despertador. Bueno, llámame si quieres… Sí, mi amor. Chao mi cielo. Claro. Buenas noches. Te amo.”

 

Cuando apareció en el living, me dijo que no pudo contarle que yo estaba allí, que tuviera cuidado de nunca mencionarlo. Mientras ella prendía las luces, yo alababa el departamento. Es muy lindo, le dije. Sí, tiene todo nuevo, aquí viviremos hasta final de año. Fue abriendo puertas y mostrándome el lugar, hasta que llegamos al dormitorio, con una imponente cama de dos plazas.

 

  • ¿Es nueva también?

  • Sí.

  • ¿Y ya la usaron?

  • Todavía no – dijo con toda naturalidad – Recién me la instalaron ayer. ¿De verdad quieres un café?

  • Sí.

  • Prepáralo tú mismo, por favor. Necesito sacarme esta pintura. Mis amigas me pintarrajearon la cara.

  • Estás preciosa – le dije -.

 

Ella no dijo nada y entró al baño. Escuché cómo cerraba la puerta por dentro y luego la descarga de la ducha. Yo fui a la cocina, pero en lugar del café, preparé dos copas de un champán abierto en el refrigerador. Dejé encendida una lámpara en el living y me senté a esperarla. Salió con una toalla que le cubría desde las tetas a las rodillas. La invité con mi copa alzada, pero ella me dijo. “no, ya me lavé los dientes y hoy día ya he tomado muchas copas”. “Pero no se te notan”, insistí. “No, gracias, pensé que tú ibas a tomar café”. Entonces me puse de pie, dejé el vaso, la abracé, la apreté y la besé, mientras ella se mantenía imperturbable. Sin embargo, y al igual que hacía unas horas, poco a poco fue abriendo la boca y entregándome su lengua y pasado un momento era ella la que comía mis labios. Yo le solté la toalla y quedé frente a su hermosa desnudez, mientras la recorría entera. En un momento, le pregunté:

 

  • ¿Y tu despedida de soltera?

  • Bien…no sé. Mis amigas me obligaron a maquillarme como puta….

  • Y había sólo mujeres?

  • Había dos bailarines, que terminaban desnudos…Tenían unos penes gigantes.

  • ¿Y qué pasó?

  • Bailaron para mí. Y mis amigas me pusieron un desafío.

  • ¿Cuál?

  • Agarrar en mis manos el pene de uno de ellos …

  • ¿Y te excitaste?

  • ¿En qué pensabas?

  • …En tu lengua…

 

Eso último, terminó de encenderme. Le besé los pezones, la pelvis, finalmente me tendí en la alfombra y le dije “ven, vas probar mi lengua de nuevo” Entonces ella se puso encima de mí, de rodillas, su vagina en mi boca. Busqué su clítoris y lo toqué con la punta de la lengua. Ella dio un suspiro largo y empezó a gemir con una intensidad que me provocó una tremenda erección. “Ay, eso es, mijito, ay, qué cosa más rica..¡Sigue, sigue!” En mi boca se confundían los líquidos de ella y mi saliva, y fue de a poco acercándose al orgasmo: un orgasmo violentísimo, con su cuerpo sacudiéndose como con una descarga eléctrica. En ese momento sonó el teléfono. Ella se puso de pie con esfuerzo y contestó. Desde donde yo estaba, escuchaba la algarabía de al otro lado de la línea.

 

  • Sí, llegué bien. Me disponía a dormir. Es que tengo que estar a las 6 en el aeropuerto. Sí, muchas gracias a todas, gracias por todo…las quiero mucho, chao, chao. Buenas noches.

 

Colgó y vino hacia mí, se echó en la alfombra al lado mío y su mano buscó mi cierre. “No- le dije – ven. Y la conduje a la cama. “No, en la cama no, no, no.” “¿Por qué no?” “Es mi cama matrimonial”. Yo no dije nada. La arrastré de un brazo y la tendí en la cama. Ella respiraba muy agitada. Mientras me sacaba la ropa, le pregunté:

 

  • ¿Es verdad que no habías tenido orgasmos?

  • Es verdad, nunca. Me lo paso fingiendo, porque siento placer, pero no llego al orgasmo.

  • ¿Y marco no te mete la lengua?

  • A veces, pero no llego.

  • ¿Y por qué crees que ahora?

  • No sé…. No sé….

 

Yo estaba ya desnudo y fue ella la que me tiró de los brazos y me puso encima. “Ay, qué rico fue, no lo voy a olvidar nunca, mijito rico”. Y me besó como si le fuera la vida en ello. Le abrí las piernas y le metí el pene con cuidado, hasta el fondo y comencé a moverme.

 

  • Ay, dios mío, que rico, nunca, nunca.. ay.. ¿Te das cuenta?

  • ¿Qué cosa?

  • Mañana me caso. Y estoy aquí contigo.

  • ¿Y te gusta?

  • Sí, ay, mijito, no sabía … no sabía….uhhhh. …métemelo enterito….

 

 

Yo hago un movimiento rápido y la dejo encima mío “Ah, que profundo – dice – entró todo, todo….Sigue… sigue”. Hago un nuevo movimiento y la dejo en posición a lo perrito y la embisto. Ella ruge: “¡Ahhhh, así, hazme pedazos! ¡Métemelo todito, que no quede nada afuera…!” Entonces yo me arriesgo y le digo: “en esta cama te vas a acostar con tu marido”. El efecto es inmediato, ella se calienta mucho más y me contesta. “¡sí, aquí voy a hacerlo con mi marido, con mi marido, ay, ay…qué rico….!!!!”

 

Entonces, la levanto un poco, la sigo embistiendo mientras la masturbo con mi mano. Sus gemidos son tan intensos, que por un momento temo que alguien del departamento de al lado nos reclame. Y sufre una verdadera explosión: se retuerce, se queja, cae sobre la cama y se queda quieta, respirando anhelante. Yo voy al baño, vuelvo, la tomo de la mano y la llevo a la cocina. La hago hincarse y le digo:

 

  • Todos los días, al desayuno, te vas a acordar que aquí me lo chupaste….¿Vas a chuparme?….

  • Si…. Pero…No acabes en mi boca…no me gusta…

 

Eso me excita todavía más. Mi pene no es muy grande, pero a ella sólo le entra la mitad en la boca. “Así, mámamelo, así….”. Se notaba que ella no lo hacía con frecuencia, no tenía mucha práctica. La verdad es que en ese momento cruzó por mi cabeza la imagen de Sandra, mi novia, que lo hacía muy bien. Comencé a venirme. Cuando se dio cuenta, quiso zafarse, pero le agarré la cabeza, se lo impedí y me vacié en su boca, mientras ella hacía esfuerzos por apartarme y se quejaba. Estaba comportándome como un animal, con la calentura del momento. Ella seguía tratando de zafarse, pero yo me propuse no hacerlo. “No te voy a soltar hasta que te lo tragues”. Y finalmente, después de un rato en que la sentí ahogarse, negar con la cabeza, tratar de apartarme con los brazos, me dí cuenta que necesitaba tragar saliva, respirar y así lo hizo. La solté. Ella corrió hacia el baño. Yo me repuse con lentitud y fui tras ella. Se estaba lavando los dientes.

 

  • Catalina…..

  • ……………..

  • ¿Te tragaste todo?

  • Sí.

  • ¿Te dio asco?

 

Prendí el agua de la ducha, la tomé de la mano y entramos. Yo le enjaboné y lavé la vagina, y ella me enjabonó el pene y los testículos, mientras nos besamos. Al salir de la ducha y secarnos, nos fuimos de la mano y nos metimos en la cama, bajo las sábanas. Nos acostamos de frente, nos besamos (casi románticamente), nos tocamos. Le pregunté lo que hacía en la cama con Marcos y ella me fue contestando primero a medias, con más detalle después. “¿Te gusto?” – me preguntó. “Sí, eres muy linda, no sospechaba el cuerpazo que tienes”. Me confesó que yo le “llamaba la atención”, que se ponía nerviosa en mi presencia. Hablamos de todo, me dijo que su único hombre había sido Marcos, que ella nunca se masturbó en la adolescencia, y que experimentaba placer en la penetración, pero cuando sus amigas hablaban del orgasmo, se quedaba callada, porque se daba cuenta que lo que ella experimentaba, no eran obviamente, orgasmos. Ninguno de los dos tenía una pizca de sueño. Eran ya cerca de las cinco de la madrugada   Ella avanzó hasta mi pubis y comenzó a besarme el pene. Yo la acomodé y quedamos en un perfecto 69.

 

 

Busqué su clítoris y ella se metió mi pene en la boca, acariciándolo con la lengua. Sonó su celular. Lo alcanzó con alguna dificultad, puso su cabeza en mi pelvis y contestó, fingiendo sueño. Era Marcos. “Sí, mi amor. Ya estoy despierta. Bien. Dormí en nuestra cama…. Sí, va a ser muy rico…¿Vas a esperarme tú en Santiago? Ya mi cielo. No, el taxi pasará a las 5.40. Chao, mi amor”. Soltó el teléfono y se metió todo lo que pudo de mi pene en la boca, mientras yo jugaba con su clítoris. Gimió, se quejó, se sacaba el pene para decirme “ Ay, mijito rico” y volvía a mamármelo, hasta que acabó ella primero. Le advertí ahora que yo también estaba a punto, pero no hizo ni un gesto de retirarse, hundió sus manos en mis glúteos, me apretó más contra ella: sentí que se tragaba completa mi eyaculación y seguía moviendo su lengua, hasta que le pedí que dejara de hacerlo. Así permanecimos un rato, hasta que hubo que levantarse.

 

De más está decir que yo la fui a dejar al aeropuerto, que ella me dijo que confiaba plenamente en mí, que nunca esto debía saberlo Marcos y que nunca esto se repetiría. Yo permanecí en silencio.

 

Una semana después, llegaron a mi correo unas fotos enviadas por Marcos. En la primera, Catalina, con su rostro angelical y su largo vestido blanco de novia, lucía radiante entrando a la iglesia, del brazo de su padre. En la siguiente, Marcos y ella escuchaban con mucha atención la prédica del cura. En la siguiente, estaba inmortalizado el beso. Las demás eran fotos de la luna de miel en una playa de Centroamérica. Ella, en bikini, lucía su bien proporcionado cuerpo, mirando con devoción el rostro de su marido, Marcos, quien me enviaba el siguiente mensaje. “Aquí van algunas fotitos, estimado Mauricio. Te echamos de menos en la ceremonia. Nos veremos al regreso. Disculpa las molestias y gracias por todo”.

 

 

Autor: Kassador

Email: kassador80@gmail.com

 

 

 

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