Relato cornudo: El elegido.

¿Qué hacer si tu marido te pide ser un cornudo? Esto fue lo que hice yo.          

Hola, mi nombre es Patricia. Tengo 33 años, castaña, 1’68, ni gorda ni delgada, y con unos bonitos pechos. Estoy casada desde hace casi 5 años con Ramón. Nuestra vida sexual es bastante satisfactoria, pero cada vez que caemos en la rutina buscamos cosas nuevas que nos seduzcan y nos den morbo. Hemos pasado por los disfraces, hacerlo al aire libre, encontrarnos en una discoteca como dos desconocidos,… La última propuesta de Ramón me sorprendió. Quería ser un cornudo, quería verme hacerlo con un desconocido. Quería poner un anuncio, seleccionar candidatos y que yo disfrutara del encuentro mientras el miraba. La idea me sedujo, por supuesto, no puedo negarlo, pero no quise admitirlo delante de él. Me hice la ofendida, no por hacerlo sufrir o sentirse culpable, sino más bien por lo contrario. Quería que estuviese completamente seguro de que era eso lo que tanto deseaba. El tiempo paso, pero de vez en cuando mientras lo hacíamos, sacaba el tema de conversación, intentando ver mis reacciones. Yo veía que no se iba a echar atrás, así que cada vez iba abriendo la puerta a que eso ocurriera. Le iba proponiendo condiciones.

 

Un día le dije: “pero no me gustaría que fuese en nuestra casa”. “Como quieras, si prefieres en la de él, pues vale. ¿Entonces estas animada?” me decía con ilusión. “No lo sé, ya lo hablaremos”, decía yo dejando siempre el “ya veremos” en el aire. Otro día le dije que mejor en un sitio neutral, que sería divertido un motel de carretera de esos que entras con el coche hasta la habitación. Otro día, que mejor un fin de semana para disfrutar más tiempo. Tras hacérselo desear durante un par de meses con el “ya veremos”, le propuse una última condición. “Quiero que sea alguien conocido”, le solté. Eso sí que no lo esperaba. Se quedó blanco. Pensé que había forzado demasiado la cuerda y se echaría para atrás.

 

-“¿Cómo que alguien conocido? Pero,…pero,… esa no es la idea que yo tenía. ¿Y quién? Pero…, es que…yo me había hecho otra idea” – no le salían ni las palabras.

 

-“Esto es algo de los dos. Siento que con un desconocido, me sentiría como una puta. Con alguien conocido, siempre te mueven otros deseos, no sé, es distinto.”

 

-“Eso es lo que me da miedo, que sea distinto, cariño. Yo quería ver como disfrutabas con otro, pero sabiendo que me quieres a mí. Tengo miedo que te enamores de otro, y con un desconocido, creo que eso no pasara”

 

-“Crees, pero no lo sabes. Eso es impredecible, no es algo que se pueda calcular. Es un riesgo que debes correr y ese riesgo se convierte en morbo, ¿verdad? Que te conozco”. Sabía que era poco probable que me enamorara, lo quiero muchísimo, pero el deseo es incontrolable.

 

-“También había pensado, en que si el chico se animaba pues acabar los tres en un trio, y probar el sabor de una polla, saber que se siente haciendo una mamada. Y con un conocido no creo que me atreva. Seguro que no”

 

-“Mira, ahora que ya lo estamos hablando todo. Yo te diré lo que te ofrezco, y tú decidirás lo que quieres hacer. Si quieres seguimos adelante, y si no pues seguimos con nuestra vida. Nada cambiara”

 

-“ehh…. ehh… ehhh… Venga, te escucho”

 

-“Sera en un motel, con alguien conocido, todo el fin de semana, desde el viernes por la tarde, al salir del trabajo, hasta el domingo por la tarde. No saldremos de la habitación para nada, y si alguien ha de salir en algún momento por cualquier cosa, serás tú, el que salga. Yo te daré tres candidatos y tú serás quien lo escoja, te encargues de hablar con él, y concretar todo. Si quieres ser un cornudo, deberás empezar a serlo desde el principio, y ser tú, el que se ofrezca y se humille ante el candidato ofreciéndole a su mujer. Por supuesto, elige bien, porque como se lo propongas a alguno y no quiera, encima se van a reír de ti. Elegiré tres personas casadas, para que sean discretos, pero que te puedan decir a la cara lo cornudo que eres. Si quieres serlo, habrá que serlo bien.”

 

-“Tengo la impresión de que todo esto ya lo tenías pensado”

 

-“Lo llevamos hablando varios meses, por supuesto, que está pensado. El que parece que no lo tenía tan pensado eras tú, que parece que te vayas a echar atrás.

 

-“No es eso, es solo que…, si tu hablaras con el candidato elegido, te insinúas, es todo más fácil”

 

-“Mas fácil para ti. Yo no quiero ser una puta ofreciéndome a los clientes. Tendrás que ser tu como cornudo, quien lo haga”

 

-“¿Quiénes serían los tres candidatos?”

 

-“Lo sabrás, cuando tomes la decisión de seguir o dejarlo para siempre”

 

-“¿Cómo? No es justo, ¿y si no me gusta ningún candidato?”

 

-“Entonces te quedaras en casa, y yo me comportare como una puta, lo elegiré, lo seduciré, y me iré con él al motel a solas. Serás un cornudo, cumplirás tu deseo, y no tendrás que aguantar al elegido”

 

Hay se sintió derrotado, tras un pequeña pausa, susurro un ligero y casi inapreciable “de acuerdo”, pero que servía para sellar nuestro acuerdo. Antes de salir de la habitación pregunto: “¿Cuándo sabré los candidatos?” “En tres días, el viernes tendrás los candidatos, y espero que antes de quince días, logres convencer a alguno de ellos.”- conteste.

 

Por supuesto, que yo ya tenía mis candidatos en la cabeza. Ninguna mujer toma una decisión así, sin tenerla pensada y requetepensada en su cabeza. Era otra manera de alargarle el sufrimiento, y el morbo, porque creo que ambos iban unidos.

 

Candidatos:

Fran, Francisco, compañero de trabajo de mi marido. Casado, con dos niños, con fama de putero. Bueno, más que fama, realidad por las historias que me cuenta Ramón de vez en cuando sobre él. Tiene 38 años, moreno, fuerte, musculado. Interesante de probar.

 

Roberto, compañero de pádel de mi marido. Casado, con una niña pequeña. Tiene 32 años, hace ejercicio con regularidad, buen cuerpo, sin ser demasiado musculoso, y con buena herramienta según me ha descrito mi marido en alguna ocasión.

 

Alberto, vecino del edificio, vive dos pisos por encima del nuestro. Casado, con un hijo. Tiene 30 años, y una sonrisa y una mirada que da gusto encontrárselo por el edificio en cualquier momento, y si compartes ascensor mejor que mejor.

 

Elegí tres personas con hijos, para que se sintieran más atados a confiar este secreto.

 

Viernes, llego el día. Mi marido llevaba los tres días esperando el momento, preguntándome cada dos por tres. Le dije que no se lo diría hasta que viniera del trabajo, y así lo hice. Aquel día llego antes de lo habitual. Le expuse los candidatos, parecía que ninguno era lo que esperaba.

 

-“Sorprendido”

 

-“No pensé que fueran a ser personas tan cercanas. Podías elegir al frutero, al carnicero, al del círculo de lectores, yo que sé. Con todos estos, tengo mucha relación.”

 

-“Si no te animas, elijo yo y tú te quedas aquí, tu veras”

 

-“No, no, no, decido yo. Pero ya veré a quien y como cojones se lo digo.”

 

-“Ya me contaras”

 

-“De eso nada, tú lo sabrás el día que vaya a ocurrir. Ni antes, ni después. Creo que esa cláusula no la pusiste en tu contrato. Ya te daré el día”

 

Después de 10 días, mi marido me dijo que ese fin de semana seria el elegido y que me fuera haciendo a la idea. No me quiso insinuar nada de con quien si ni con quien no. Al vecino si me lo encontré en alguna ocasión, y me sonreía que yo ya no sabía si era lo habitual o había algo detrás. Ahora la que sufría era yo.

 

Llego el gran día, mi marido me vendo los ojos. Me hizo bajar a la calle, subimos a un coche, que no era el nuestro y nos fuimos. Durante el trayecto nadie hablaba, solo la música del coche se oía. De pronto el coche redujo velocidad, paramos, tras un par de minutos, subimos una rampa se oye la puerta de un garaje entramos, paramos, otra vez la puerta del garaje cerrándose. Oigo pasos que se alejan pero mi marido permanece a mi lado. Imagino que es el elegido yendo a la habitación.

 

-“Te quiero mi amor. Ha llegado el momento. Espero que disfrutemos los dos, y lo pasemos muy bien, si quieres saber quién está arriba, deberás esperar. Antes de que subas, quiero que sepas lo mucho que te quiero, y que espero todo siga igual.” Nos besamos como dos enamorados cuando están empezando y acabamos con un largo abrazo. El chico estaría aburrido de esperar arriba.

 

Subimos, entramos a la habitación. La habitación estaba vacía. Le pregunte a mi marido que qué pasaba.

 

-“Cariño, en el baño hay un jacuzzi. Allí te está esperando el elegido.” – me susurró Ramón

 

Me dirigí hacia el baño, y allí en el jacuzzi estaba el elegido. Roberto, el jugador de pádel.

 

-“Hola, Patricia. Te estoy esperando aquí. Espero que me hagas un striptease y vengas a mi lado.” – dijo Roberto

 

01

Yo no quise perder ni un momento. Era mi hora de jugar y quería disfrutarlo. Me fui desnudando lentamente, dejando la lencería, las medias y los zapatos de tacón. Quite mi sujetador, mostrando mis pechos, lo puse en mi boca, y se lo entregue a Roberto con mis dientes. Él lo cogió con una mano, y con la otra agarro mi cabeza para darme un morreo en condiciones. Soltó el sujetador, y masajeo mis pechos con fuerza y dulzura al mismo tiempo. Sabia tocar el muchacho, eso era importante. Me separe de el para quitarme las medias, que deje que fuera el quien me las quitara desde el jacuzzi, y por fin tras deshacerme del tanga me metí en el jacuzzi. Al entrar en el jacuzzi, mientras Roberto me tocaba, me di cuenta de que ahí estaba mi marido sentado en la taza del wáter viendo todo. Por un momento me había olvidado de él. Estaba sin camisa, los pantalones en los tobillos, y tocando su polla por encima del calzoncillo. En el jacuzzi, pude apreciar que la primera impresión había sido acertada. Roberto sabia tocar muy bien, y hacerse desear. No me llevo directamente a su polla, como yo creía que ocurriría si no que disfrutamos de la pasión, del deseo. Y yo pensando que solo iba a ser sexo. Cuando por fin pude tocar su polla, realmente era poderosa. Quizá no tanto por su longitud pero si por su grosor.

 

Mi mano era la que acariciaba aquel miembro, mis labios eran devorados por los suyos, mientas que los otros labios recibían las caricias de sus agiles dedos, solo deslizándose entre ellos, sin introducirlos con lo que conseguía calentarme hábilmente. Roberto se puso de pie, y me dio a probar su miembro. Mire a mi marido, ahí sí que se sacó la polla y aceleraba el ritmo.

 

Yo lamia ese caramelo como si me tuviese que durar dos días. Me costaba meterla en mi boca, pero la saboreaba y la disfrutaba como nunca otra. Roberto me mando sentarme para saborear mi coñito que ya podéis imaginar como estaba, mojado por el jacuzzi y viscoso por el placer. Dominaba la lengua, sabia donde debía dirigirse, que puntos tocar, yo le apretaba contra mí no quería que parase. ¡Qué placer! Iba a disfrutar del fin de semana. Me estaba calentando mucho así que me puse a cuatro patas y le deje queme penetrara. Le dije que el culito, de momento, mejor no pero que entrara por atrás. Que gusto como me llenaba. En estas mi marido, se corrió, nada más verla entrar. Creo que era el momento que estaba esperando, y lo disfruto. Ahora quería disfrutarlo yo. Acelerábamos, frenábamos, no quería que se corriese demasiado pronto, aunque yo ya lo hubiera hecho. Ver a mi marido derretirse, de rodillas en el suelo, mientras sentía la polla de Roberto en mi interior había conseguido que me corriese, pero nosotros continuábamos. Cambiamos de postura varias veces.

02

 

Cuando ya no estuvimos tan a gusto en el jacuzzi, pasamos a la cama. Ahí, ya nos entregamos a la pasión con locura. Cambiamos de postura mil veces, disfrutando con todas.

 

-“¿Era esto lo que querías ver maridito mío?” – le decía entre jadeos – “has elegido muy bien. Lo vamos a disfrutar”

 

Mi marido ni hablaba.

 

-“No pienses en tu marido. Disfrutemos de esto, preciosa” – me dijo Roberto al oído al tiempo que me saboreaba la orejita.

 

-“¡Como te mueves! No pares” – le decía yo.

 

-“Aguantare lo que pueda preciosa, pero me vuelves loco. Te deseo desde hace mucho y este momento tengo que grabarlo en mi cabeza para no olvidarlo.”

 

– “Sigue, sigue”                    

                                                                                                          

Me tapo la boca con un beso, sentí su lengua enrocarse con la mía. Sentí como aceleraba el ritmo, como su cuerpo se tensaba, se tensaba más, y de pronto una sacudida, un calor en mis entrañas, y de repente se vacío dentro de mí. ¡No nos habíamos puesto el condón! Ninguno de los tres con la emoción nos acordamos, y si alguno lo hizo se calló. Me levante de prisa al baño a limpiarme por si acaso, pero el mal ya estaba hecho, lo que tuviera que ocurrir ocurriría. Ahora solo quedaba disfrutar. Ramón y Roberto disfrutaban con una copa de cava y había otra esperando para mí.

 

Este fue el principio. Quizá otro día, siga contando el resto. Espero que vosotros también os hayáis corrido. Reponed fuerzas y seguiré relatando el fin de semana. Espero vuestros comentarios. Un besito.

 

Autora: Patrirasa

patrirasa@hotmail.com

 

 

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